miércoles, 19 de mayo de 2010

Así son las cosas en Caracas...


A pesar de la cola típica de la hora, Margarita iba sonriendo por la autopista, rumbo a su casa. El aire acondicionado la mantenía a salvo del bochorno de la época, y la música la aislaba de los cornetazos y los improperios de los choferes a su alrededor.

Así son las cosas en Caracas...

La casi hora completa que le tomaba llegar de su casa al trabajo, o devolverse, como estaba haciendo ahorita, era unas veces un suplicio; otras, como hoy, era su momento personal, su ratico a solas con ella misma, donde ordenaba sus pensamientos y pasaba lista a su crecimiento del día. El venezolano es tan adaptable, que hasta de una cola termina sacando algo bueno, vale!

Así son las cosas en Caracas...

Margarita sintió más que ver la presencia del motorizado a su lado. Volteó, presintiendo lo que vería antes de verlo: una cara odiosa le sonreía desde el otro lado del -ahora lo concientizaba- delgadísimo vidrio, mientras una mano odiosa le hacía señas, con la pistola que sostenía, de que bajara el vidrio.

Así son las cosas en Caracas...

- Hola, mami -le dijo el desadaptado, con un deje de urgencia, cuando ella, obediente, bajó la ridícula pared transparente que había sido su única protección contra el mundo exterior-. Me das ahora mismo el reloj, las sortijas y la cartera! -Margarita, con una expresión que oscilaba entre el susto, la sorpresa y la arrechera, procedió lentamente a entregarle lo que le había pedido. No quería pasar a formar parte de los obituarios del día siguiente, solamente por haberse negado a darle al malparido ese la sortija de ingeniería que tanto le había costado a ella merecer y a su abuela regalarle.

Así son las cosas en Caracas...

- Gracias, cosita rica! -se despidió el motorizado. Aún hizo ademán de meter la cabeza al carro para robarle un beso a Margarita, pero la expresión de indignación de la mujer debió ponerlo a dudar, porque metió las cosas en un morral que llevaba al hombro, y arrancó de inmediato, muerto de la risa.

Así son las cosas en Caracas...

Margarita se quedó de una pieza. En un par de segundos, pasó del terror casi absoluto, que amenazaba con paralizarla o -peor aún- convertirla en una catarata de lágrimas, a una rabia fría que la vació de emociones.

Se agachó bajo su asiento, y sacó la pistola que Roberto guardaba allí. "Por si acaso, amor", le había dicho. Ella no había estado de acuerdo con que Beto tuviera ese monstruo de metal en la camioneta, pero había terminado olvidándolo.

Hasta este momento.

Margarita se bajó del carro. Horas después, en la soledad de su casa, recordaría la escena como vista desde afuera de su cuerpo: abrió la puerta con absoluta calma; apoyó sus manos, con la pistola en ellas, en el hueco que la ventana había cerrado antes, y disparó.

El motorizado no había podido recorrer ni un centenar de metros cuando la bala le impactó en la espalda, destrozando completamente parte de su columna. Como un muñeco roto, salió disparado de la moto, que terminó estrellándose contra la isla que separaba los canales de la autopista.

Un silencio sepulcral descendió sobre la escena. Con lentitud, con parsimonia casi gatuna, Margarita caminó la distancia que la separaba del motorizado que se movía espasmódicamente en el piso, como una tortuga que hubiera quedado trabada con algo, o un perro callejero que estuviera sufriendo de pesadillas durante su sueño.

Al llegar a su altura, Margarita apuntó a la cabeza del motorizado, y apretó el gatillo una, dos, tres veces...

Las ruedas de la moto seguían girando.

El cuerpo del motorizado dejó de moverse.

La mujer se agachó y sacó del morral del motorizado las cosas que éste le había quitado minutos antes, cuando aún malgastaba el oxígeno del mundo al respirar. Volvió a su camioneta con la misma calma de antes, y lanzó sus cosas al asiento del copiloto.

Luego, se agachó al lado de la camioneta, y vomitó...

Cuando las piernas volvieron a obedecerle, Margarita subió a su vehículo, y continuó su viaje. Temblaba de pies a cabeza, y fué un milagro que no chocara. Realmente, nunca supo con certeza cómo había realizado el viaje a su casa.

Esa noche, Margarita lloró por lo que había hecho. Esa noche, un ladrón no completó su ronda, no llegó a su casa. Esa noche, muchos choferes les contaron a sus familias la increíble historia de la que habían sido testigos, colocando a la mujer como una heroína, que había hecho lo que todos ellos habían deseado hacer alguna vez en la vida.

Según ellos, así deberían ser las cosas en Caracas...


- Dios mío! Es usted brutal!
- Una persona u otra tiene que serlo, enfrentándose así con lo peor. No sabe usted hasta qué punto tal práctica centra nuestro centro nervioso. Inmediatamente comienza una a sentirse confiada, a pensar en que todo no será tan terrible como lo imaginado en un principio.

-- Agatha Christie (El misterio de Pale Horse)

Cuando una historia decide ser contada no hay dios que la detenga. Es como si tuvieran vida propia y, hartas de permanecer ocultas, tergiversadas, hundidas en el pantado de las medias verdades, se valen de cualquier medio, con una habilidad asombrosa, para llegar a los oídos de quienes las tienen que escuchar. No hay escapatoria. -- Mónica Montañés (Desconocidos)

2 comentarios:

darkblue_unicorn dijo...

Oh, POR DIOSSSSSSSS!!!!

Salivé!!!!!!! jajajajaja

Que triste tener que llegar a ese estado, pero no puedo negar que el pensamiento ha pasado por mi cabeza. No creo que de tener las herramientas lo haría (en condiciones normales), pero sigue siendo un "happy thought" jejeje

Que bueno saber que no soy la única que lo piensa! ;)

Besos!

Peluche dijo...

Hola! llegue aqui buscando en google mi propio blog y vi q aparecia aqui. Este escrito debo decir ha sido una pelicula que ha rodado x mi cabeza varias veces..

...Y al dia siguiente llamaria a la Sra de la camioneta para invitarla a salir...


Saludos!