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miércoles, 16 de abril de 2014

El camino blanco


Las tripas de Morbridae gruñeron, disfrutando recordarle en detalle cada segundo que había pasado desde la última vez que había comido.  El necromante se detuvo, apoyando su cansancio en su báculo, y miró a su alrededor: mirara donde mirara, el paisaje era el mismo: un continuo azul por encima del horizonte, y un devastador y desesperante blanco por debajo.

Ese era el paisaje que había crecido llamando hogar.  Tenía las vistas más hermosas, los colores más vivos, y el aire más puro que había conocido en toda Tyria.  Pero sabía que también era una belleza engañosa, y que con toda facilidad se quedaría con su vida, o con la de cualquiera que osara recorrerlo sin la suficiente preparación.  La tundra de los Picos Escalofriantes podía poner a latir tu corazón con la misma facilidad con que podía detenerlo para siempre.

El norn se tomó unos segundos de descanso, mientras recordaba cómo había quedado en esta situación...  Él y sus compañeros habían ido al Estrecho de Gorjaescarcha con la intención de detener a Ginva el carnicero, que había tomado posesión de uno de los santuarios kodanos que allá se encontraban.  La lucha fue brutal, pero al final consiguieron derrotar al carnicero.  La verdad, en retrospectiva, era cómico, pues había quedado hecho un amasijo de carne...

Lo malo es que, con su derrota, vino el derrumbe de su fortaleza, atrapándolos entre los escombros...

A medida que recobraba el conocimiento, Morbridae solo logró ver el blanco de la nieve combinado con el gris de las sombras y el negro del humo.  La nieve se posó lo suficiente para permitirle ver el brillo reminicente de uno de los portales de T, que se acababa de cerrar.

Poco a poco se incorporó del suelo, logrando con ello que le dolieran todos los huesos del cuerpo, y que la cabeza le diera vueltas.  Un charco de sangre derretía la nieve donde había estado caído, y de alguna forma el pensamiento de que estaba herido y sangrando se abrió paso hasta su mente, confundida por el dolor.

Logró quedar sentado, con la espalda incómodamente recostada de un gran trozo de hielo, y con dificultad comenzó la invocación de un pozo de sangre para que curara sus heridas.  Le tomó tres intentos, pero al final lo logró, y el dolor fue poco a poco remitiendo, y su visión y sus pensamientos se fueron aclarando.

Cuando el pozo dejó de surtir efecto, el necromante ya se sentía curado casi por completo.  Con más cuidado esta vez se terminó de incorporar, y echó una mirada a su alrededor.

El templo estaba en ruinas.  Lo que hasta hace poco fuera una de las construcciones más impactantes de los Picos Escalofriantes, ahora eran solo trozos de hielo resquebrajados, mezclados con algo de madera y piedra.  Morbridae dudaba que alguien pudiera adivinar lo que los escombros que tenía ante él habían sido alguna vez.

Sin duda, habían hecho un buen trabajo.  Lástima por el santuario.

Escuchó, entre el silbido del viento, gruñidos que se acercaban a su posición.  Eso explicaba por qué sus compañeros se habían ido tan de prisa, sin asegurarse de que en efecto él hubiera muerto.  Sin duda, lo que escuchaba era una manada salvaje de lobos que venían a alimentarse de la carroña resultante de la batalla.  O quizás una compañía de Hijos de Svanir que venían con sus mascotas, a salvar lo salvable y rematar a los culpables.  Fuera como fuera, ninguna de las dos opciones le atraían mucho.

Aprovechando que tenía unos instantes antes que los visitantes tuvieran chance de descubrirlo entre los escombros, el necromante se revisó rápidamente, y vió que al menos aún tenía sus armas, aunque había perdido gran parte de su equipo.  Con una cuenta rápida, calculó la hora del día, y usó su sombra para orientarse.  Sería un camino largo, y más aún sin alimentos ni mantas o tiendas, pero sin duda era la mejor opción.  Concentrándose, uso sus poderes para convertirse en una forma espectral, una nube verdosa que aumentaba su capacidad de movimiento y, con un salto, corrió a través de las filas de los Hijos de Svanir que ya estaban llegando hasta donde él se encontraba escondido.

Para cuando reaccionaron, ya el manchón verdoso que era su figura se encontraba fuera de su alcance...

Ahora, dos días de dura caminata después, la resistencia del norn estaba al límite, y el hambre no hacía sino empeorar la situación.  La sed, que normalmente era el peor azote de los que luchaban por sobrevivir, no era en su caso un problema, pues bastana con derretir algo de nieve para hacer agua, y nieve era lo que menos le faltaba.  Pero la comida era otra historia: se encontraba a la mitad de la tundra más desolada de toda Tyria; era la zona más desolada, y las pocas criaturas capaces de sobrevivir allí no serían fácilmente comestibles...

Ese era el problema con la vida.  Todos querían comer, pero nadie quería ser comido.  Por eso es que todo era tan difícil.

Con un suspiro, Morb decidió que, si quería sobrevivir, necesitaría la ayuda de uno de sus aliados.  Cerró los ojos para concentrarse, y conectó su alma con el inframundo que tantas veces había visitado.  Con su mente buscó a uno de los seres que habitaban allí, un demonio de sangre al que doblegó a su voluntad, y lo obligó a venir a su realidad para servirlo.  Cuando abrió los ojos, frente a él, en medio de la nieve, se encontraba el demonio: un engendro horripilante, con el costillar a la vista, y una boca dentada que podía fácilmente tragarse la cabeza de un hombre de un bocado.  El ser irradiaba odio hacia el necromante por obligarlo a venir, al mismo tiempo que se encontraba obligado a obedecerlo en todo.

Sin apenas pararse a pensar en lo que hacía, Morbridae sacó una de sus dagas y la enterró hasta la empuñadura en la cabeza del demonio.

El engendro soltó un agudo chillido, y cayó muerto a los pies del norn, donde tembló unos segundos, hasta que quedó inmóvil.  Morbridae miró con asco el líquido verdoso que escurría desde la herida en el cráneo de la bestia.  Retirando la daga, olió el líquido, y el hedor infernal le revolvió las tripas.

Sin embargo, eso es lo que había.  Y para colmo, tendría que ser crudo, pues no había fuego con que prepararlo...

Unas horas después, el necromante asió su báculo, y siguió su camino, con la barriga llena y dejando tras de sí la carcasa vacía del demonio.  Dudaba que ningún depredador, por muy temible que sea, se atreviera a probar algo tan asqueroso.  Cada bocado dado a la carne del engendro había sido como probar el sabor de la muerte, una experiencia que más que revolverle el estómago, le había revuelto el alma.

Y, por la distancia que aún le faltaba para llegar a cualquier lugar habitado, sabía que a él no le quedaría más opción que hacerlo de nuevo.  Cuando volviera a ver a sus compañeros, tendría que intercambiar algunas palabras con ellos, por haberlo dejado abandonado.

Haciendo una mueca, continuó caminando lo más rápido que pudo.

sábado, 28 de julio de 2012

De lo que los héroes están hechos...



- Ahí vienen... -la grave voz de Stoneage, el gigante de piedra, resonó en los pechos del resto de los Centuriones.  Sus compañeros giraron sus rostros hacia el borde de la ciudad, donde, recortados contra el sol del amanecer, se veían numerosos puntos negros.  Todos sabían que cada punto era un mortífero guerrero Nii'krall.

- Bien, chicos, -dijo en voz alta Crux, el líder del equipo- pase lo que pase, ha sido un honor luchar a su lado.  Demostrémosles a estos engendros verdes que Antigua no regala su libertad, sino que la vende a un alto precio!  Todos listos?!?

El equipo quedó en silencio unos segundos, y de repente las risas estallaron, para consternación del estóico Crux.  Supernova, una pinia cuyo poder natural era convertirse en energía pura, lo que le permitía volar y disparar ráfagas de rayos solares, se sentó en el piso con las piernas cruzadas, agarrándose su vientre mientras la risa impedía que hablara.  El pálido cutis azul de Ice Queen, una froispia que generaba y controlaba el hielo, se sonrojó ante sus carcajadas.  Y las estruendosas risas del petraurno Stoneage, tan graves como su voz, hicieron que el suelo temblara bajo sus pies.

- Pero, se puede saber ahora qué dije? -dijo Crux, mientras una sonrisa dudosa asomaba a su rostro.

- Siempre el paladín, siempre el líder, siempre animándonos.  Sabes lo clichés que suenan tus palabras, Crux? -dijo Ice Queen sonriendo tiernamente a su líder, mientras este se sonrojaba...

Solamente Mainframe, el tecnólogo, se mantuvo serio, viendo su scanner de mano. - Lamento traerles malas noticias, chicos, -dijo- pero no solo son más de los que pensábamos, sino que también están atacando la puerta sur y la puerta norte.

Las risas se apagaron por completo.  Quizás podrían separarse en dos grupos y tratar de contenerlos en dos de las puertas de acceso colocadas en las murallas que rodeaban a la ciudad de Antigua, pero no podrían dividirse en tres grupos y pretender soportar el ataque por más de unos minutos.  Si ya los números eran desoladores, a pesar de la ventaja de la posición y de la valentía de la población neutra de la ciudad, sabían que era la presencia meta-humana la que podría inclinar la balanza hacia la supervivencia.

- Pues que así sea -dijo Crux- Stoneage y Ice Queen, quédense aquí y defiendan esta puerta lo mejor que puedan.  Nova y yo iremos a la puerta sur.  Mainframe, confío en que tú y tus máquinas puedan soportar en la puerta norte, con ayuda de la población, al menos hasta que alguno de nosotros se libere.  Somos los que somos, y estamos los que estamos.  Y ahora, a moverse, rápido!

Crux se giró, y a punto estuvo de chocar contra Hurricane.  El velocista, enfundado en su traje azul eléctrico, estaba de pie frente a él, con los brazos cruzados.  Nadie lo vió llegar, pero eso no era extraño, pues Hurricane poseía la capacidad de moverse a, al menos, velocidades supersónicas, lo que le había permitido en el pasado cometer no pocos robos (algunas veces, más de uno a la vez!).

- Acaso no son suficientes problemas con los Nii'krall?!? Qué demonios quieres ahora, ladrón? -gritó Stoneage.

- Cállate, pedrusco -dijo Hurricane mientras una sombra los cubría- que no estamos aquí para patearles el trasero a ustedes.

Los Centuriones levantaron sus miradas, y vieron un dragón negro descendiendo a escasos metros de ellos.  Cuando la criatura se posó en el suelo, una figura colorida, pequeña como una joven quinceañera, y con un enorme martillo en la mano, saltó al suelo.  Momentos después, la figura del dragón comenzó a temblar y reducirse, hasta compactarse en un cuerpo humano de medidas normales, completamente vestido de negro.

- Primero Hurricane, y ahora Strombollina y Darkness -gruñó Crux-.  Qué demonios quieren?

- Lo mismo que ustedes, -dijo Hurricane-, defender la ciudad.

- Vivimos aquí! -dijo Strombollina con su chillona voz, mientras golpeaba el suelo con la cabeza de su martillo, en un claro gesto de frustración- Somos ladrones, pero una cosa es robar alguna cosilla de vez en cuando para lucirla, y otra es que estos come mocos de otro planeta vengan a querer destruir nuestra ciudad!!!

- Por qué habríamos de confiar en ustedes, si se puede saber? -dijo Mainframe.

- Sencillo: -habló con voz pausada la figura de negro- no tienen ninguna otra opción.

Todos los meta-humanos se miraron por unos segundos, sopesando sus opciones.  Tanto los de un lado de la ley como los del otro habían luchado numerosas veces unos contra otros, pero tenía sentido que un enemigo en común los dirigiera al mismo objetivo, al menos temporalmente?  El enemigo de nuestro enemigo es nuestro amigo?

- Bien, -dijo Crux- equipo, parece que tenemos algunos miembros honorarios, al menos por el momento...  Stoneage, tú y Darkness cubrirán esta puerta: sus niveles de poder deberían bastar para que ningún Nii'krall ponga un pie en la ciudad.  Supernova, tú y Strombollina vienen conmigo a la puerta sur.  Ice Queen y Mainframe, a la norte.  Hurricane, nominalmente vas con ellos, pero usa tu velocidad para ir de una a otra puerta, y ayudar donde seas más necesario.

- Te gusta mandar, eh? -dijo Hurricane, ajustándose sus lentes especiales.  Crux no tuvo tiempo de responder, pues ya el velocista había cargado a Ice Queen y había desaparecido corriendo; Mainframe activó sus propulsores y voló tras ellos.  Supernova agarró a Crux y a Strombollina con cada mano, y voló en dirección a su puerta, dejando solos al guerrero de piedra y al hombre de sombras.  Ya los gritos de los invasores se escuchaban en las cercanías...

- Bueno, es hora de golpear!  Bien, sombrita -dijo Stoneage mientras sonaba ruidosamente sus pétreos nudillos- no trates de atacarme por la espalda, y trataré de no hacerte daño, de acuerdo?

- De acuerdo, -dijo Darkness, mientras cambiaba otra vez de forma, convirtiéndose en un humanoide de tres metros de alto, con largas garras saliendo de sus dedos- eso será fácil: estaré siempre por delante tuyo!

Sin decirse nada más, y con una feroz sonrisa en sus rostros, ambos guerreros se lanzaron de cabeza a la multitud enemiga, y la sangre verdosa de los Nii'krall pronto tiñó el camino hacia Antigua.


Los grandes héroes necesitan tragedias y problemas, o la mitad de su grandeza dejaría de ser notada.  Todo eso es también parte del cuento de hadas. -- Peter S. Beagle (The Last Unicorn)

Los héroes no necesitan ser más valientes que todas las demás personas.  Ellos solo necesitan mantener su valentía por cinco minutos más. -- Ronald Reagan / Ralph Waldo Emerson

Un héroe.  Quieres ser uno de esos extraños seres humanos que hacen la historia, en lugar de simplemente mirarla fluir alrededor de ellos como agua alrededor de una roca. -- Dan Simmons (Endymion)

Cualquiera que haga cualquier cosa para ayudar a un niño en su vida es un héroe para mí. -- Fred Rogers

miércoles, 28 de marzo de 2012

La determinación de un hombre



Sería agradable decir que Morbridae cayó sobre el suelo con la agilidad que le caracterizaba, pero la verdad es que aterrizó toscamente en el mismo, y su cara fue la que llevó la peor parte.  Hay que aclarar sin embargo, en pro de la justicia, que no estaba teniendo uno de sus mejores días, y que sus manos estaban atadas a su espalda.

El Rey Albor lo miró desde su trono de campaña, con el ceño fruncido.  El hombre que estaba en el piso ante él, sangrando por la boca y tosiendo por el polvo que había tragado, había sido encontrado en los alrededores del campamento principal de su ejército.  Claramente, era un espía de esa alimaña rastrera de Creextur.

- Y bien -dijo el soberano-, háblame, basura, antes de que te decapite.  Qué órdenes te dió ese engendro de Creextur?  Espiarnos?  Asesinarme?  HABLA!

Morb se arrodilló a duras penas sobre el sucio suelo de la tienda del rey, y escupió un buche de sangre. - Sirvo tan poco a ese idiota de Creextur como a usted, majestad.  No pertenezco a nadie, ni a Ieud ni a Lavitria, ni le debo nada a nadie.  Soy mi propio dueño, y no vine a su campamento ni a espiarlo ni a asesinarlo, téngalo por seguro.

El rey miró a un lado de la entrada de la tienda, donde Xratos, su mago de cabecera, se encontraba entre las sombras.  El hechicero miró a su rey, e hizo un leve gesto de asentimiento con su cabeza: el reo estaba diciendo la verdad.

Cuando el rey volvió a hablar, lo hizo con un tono menos duro, aunque aún distaba mucho de ser amistoso. - Estás en una zona peligrosa, amigo: zona de guerra.  Y si no eres una alimaña de Creextur, entonces eres un idiota de remate.  Sin embargo, si no eres habitante de Lavitria, no eres enemigo mío.  Al menos -agregó con una pausa teatral- no de inmediato.  Qué demonios haces en esta tierra de nadie?

Morbridae se arriesgó a mirar al rey a la cara, y le contestó: - Vengo a ofrecerle un trato, Rey Albor.  Vengo a ofrecerle una idea que acabará con esta guerra de una vez por todas.  Escúcheme, y le garantizo que para mañana mismo toda pelea se acabará, con el mínimo derramamiento de sangre.

El rey a punto estuvo de morirse de la risa, pero al mirar de reojo a Xratos, y ver que el mago volvía a asentir levemente, sintió que un escalofrío le recorría su columna vertebral.  El extraño quizás estuviera loco, pero el mago le garantizaba que no mentía!

- Qué tienes en mente?  Ayúdame a ganar, y te daré más tesoros de los que imaginas!

- No quiero sus tesoros -contestó Morb, aún en el piso-.  Pero aún así le ayudaré.  Me repugna la matanza innecesaria.  Escúcheme, confíe en mí, y le aseguro que Creextur no será quien salga victorioso de esta guerra.

Otro leve asentimiento de su hechicero terminó de convencer al rey. - Habla.  Qué tienes en mente?

- Un combate ejemplar. -dijo el hombre arrodillado, sonriendo...

* * * 

Hacía poco tiempo que acababa de salir el sol en el campo de batalla, pero ya el astro iluminaba todo el valle.  A un lado, el ejército de Ieud, envuelto en ropajes y estandartes negros y verdes, esperaba.  Al otro lado, el ejército de Lavitria, de colores azul y plateado, esperaba.  Al centro exacto de los dos ejércitos, a unos cincuenta metros de cada una de las líneas enemigas, una tienda abierta por los cuatro lados se levantaba, coronada por una bandera blanca.  En ella estaban los reyes Albor y Creextur, cada uno con su hechicero de confianza y un pequeño séquito, que también esperaba.  En la mesa que estaba en el medio de la tienda, además de los reyes, se encontraba un juez imparcial, Morbridae, terminando de leer el documento que había escrito durante la noche.

- "...de esta forma, los abajo firmantes, representantes cada quien de su patria y bando, nos comprometemos, por nuestro honor, a elegir un campeón que nos represente para que batalle por nosotros, y a aceptar que, al finalizar dicho combate, tanto nosotros como los nuestros respetaremos que el campeón que siga vivo indicará qué bando habrá ganado la guerra.  Todos aquellos cuyo campeón haya muerto, sin importar que sean gobernante o gobernado, jurarán lealtad a aquel cuyo campeón siga vivo, y pondrá sus ejércitos, tierras y tesoros a su disposición, para que los mismos sean manejados como mejor le parezca al ganador...".

Mientras leía, los reyes se miraban con odio.  Había requerido mucho trabajo que Creextur aceptara dialogar con Albor, pero una vez que la reunión se dió, el monarca de Lavitria había aceptado rápidamente la solución del combate ejemplar.  Esta guerra ya le había costado demasiado dinero y soldados, y si seguía más tiempo alejado de sus dominios, su control podía comenzar a tambalearse.

Ambos habían elegido a sus mejores guerreros para representarlos.  El campeón de Ieud era un gigante guerrero sin un solo vello en su cuerpo, venido de las montañas, que luchaba con un enorme hacha doble, mientras que el campeón de Lavitria era un inmenso luchador de piel azabache, nativo de las costas de su país, que luchaba con un extraño tridente.  Ambos medían cerca de dos metros, y tenían los enormes músculos cruzados por numerosas cicatrices, que narraban todas las batallas a las que habían sobrevivido.

Morb levantó la mirada hacia los reyes, observando sus miradas, y dijo con una media sonrisa: - En la antigüedad, eran los propios monarcas quienes luchaban en estos combates.  Dichosos ustedes que tienen la posibilidad de elegir campeones.  Yo, ya ven, soy mi propio campeón.  Supongo que eso es lo maravilloso de ser rey.  Ahora, sus majestades, si por favor sellamos el pacto...

Ambos reyes, uno tras otro, colocaron su firma en el documento; luego se hicieron un leve corte en el pulgar derecho, y lo estamparon sobre su firma.  El documento pareció absorber la sangre, indicativo de que el geas que los hechiceros de ambos países habían lanzado en conjunto sobre el mismo funcionaba: ahora los reyes no estaban solamente atados al pacto por su palabra y por su honor: la magia había sellado el pacto, y si lo incumplían, sus propias vidas estarían en juego.

- Vayan ahora -dijo el recién nombrado juez-, y preparen a su gente.  La batalla comenzará en cinco minutos...

Los gobernantes y representantes de ambos reinos salieron de la tienda, y se dirigieron a sus ejércitos.  En ambos lados, ambos reyes dieron discursos cuya misión era la de levantar la moral de su ejército, y apoyar a sus campeones.  De casi todas las gargantas del valle surgieron gritos de batalla.

Solamente una garganta estaba en silencio: en el centro del valle, donde se realizaría el combate, Morbridae permanecía observando, pensativo, el pergamino del pacto...

* * * 

Los campeones se acercaron lentamente uno al otro, cada uno empuñando su terrible arma, con todos sus músculos en tensión.  Ambos sabían que el futuro de su reino estaba en sus manos, en sus armas, en su habilidad como guerreros.  Eran seres preparados para la lucha, que habían matado incontables veces.

Se hallaban en su elemento.

Moviéndose alrededor estaba Morbridae, aún en su papel de juez.  Mantenía sus espadas desenvainadas, preparado ante cualquier cosa que pasara en la lucha.  Su misión, de cara a todos, era asegurarse de que la misma fuera justa; de cara al Rey Albor, se encargaría de que el campeón de Lavitria no resultada vencedor, pasara lo que pasara...

De acuerdo a una invisible señal, ambos guerreros se abalanzaron uno contra otro.  Las armas chocaron con un estruendo que derribó a los jinetes más cercanos de sus sillas, lanzando chispas que iluminaron el día.  Los golpes siguieron en rápida sucesión, cada uno más terrible que el otro; golpes que podrían haber cortado árboles centenarios de un solo tajo, o haber atravesado montañas de lado a lado.  Sin embargo, los poderosos guerreros paraban y contraatacaban, detenían y volvían al ataque, sin tregua, sin descanso, sin cuartel.

Pasaron minutos, pasaron horas, y el combate continuaba.  El cuerpo de ambos combatientes estaba lleno de heridas que habrían bastado para matar a hombres menos valerosos y poderosos, pero los dos titanes continúaban batallando sin dar muestras de fatiga ni de piedad.  Algunos de los guerreros de ambos ejércitos habían muerto, incapaces de soportar una lucha tan encarnizada aunque no participaran en ella, y otros estaban jurándose que tendrían hijos solamente para poder contarles a sus nietos alguna vez que habían observado esta legendaria batalla...

Sin embargo, al final, todo acaba: ambos guerreros lanzaron un ataque increíble, y ambos hirieron a su objetivo: el tridente del Lavitriano atravesó al montañés por el pecho, mientras que un mandoble espectacular del Ieudiano alcanzó de lleno al costeño en el abdomen.

Ambos guerreros se quedaron inmóviles, mirándose a la cara, en parte sorprendidos por haber sido heridos, y en parte extasiados de haber encontrado un enemigo digno.  Tras unos instantes, el guerrero de piel oscura cayó al suelo, muerto, mientras que el Ieudiano, sacando fuerzas de donde no las había, y aún con el tridente clavado en su pecho, levantó al cielo su hacha, y lanzó un temible grito de guerra.

En ese momento, Morbridae se acercó a él, y por la espalda, le cortó la cabeza, acallando su grito.

El silencio se hizo en el valle por unos instantes, y luego una atronadora cacofonía de voces se alzó al unísono.  Ambos reyes corrieron hacia el centro, seguido de sus magos y consejeros de confianza, mientras que los capitanes de cada ejército trataban de mantener la disciplina para evitar una masacre.

- NO SÉ QUÉ DEMONIOS TE HAS CREÍDO, MEQUETREFE -aulló el Rey Albor-, PERO PAGARÁS POR ESTO!  Y TÚ -gritó dirigiéndose al rey de Lavitria-, ESTE TRAIDOR NO HA CAMBIADO NADA!  YO HE GANADO ESTA PELEA!

- Lamento contradecirlo, señor -dijo Morbridae en voz alta pero calmada-, pero no es así. -con una mano, extendió ante sí el pergamino del pacto, y todos pudieron ver que ahora, en vez de dos firmas, habían tres...

- Firmé y puse mi sangre, y elegí a mi campeón frente a ustedes -indicó Morb, mientras el color se iba del rostro de los que lo escuchaban-, y gané el combate.  Mi campeón (o sea, yo!) sobrevivió a la batalla, y ahora todos ustedes me deben su lealtad y obediencia.

Albor, rojo de ira, se atragantó con sus propias palabras, y desenvainando su espada, se abalanzó hacia Morbridae.  Sin embargo, su hechicero Xratos se interpuso ante él, y lo detuvo colocándole una mano en el hombro.  El rey se giró para matar al mago, pero lo que vió lo detuvo: Xratos, con el rostro lívido y los ojos enrojecidos, llenos de rabia, asentía lentamente mirando al rey.

El traidor no mentía.  El geas estaba activo...

La ira dió paso al asombro, el asombro a la desesperación, y la desesperación a la aceptación...  A regañadientes, con un odio asesino pintado en su rostro, y sin perder de vista al traidor con el pergamino, Albor se arrodilló frente a él.  Lentamente, su séquito hizo lo mismo, y tras ellos, su ejército...

Morb miró a Creextur: el monarca estaba igual de desencajado que Albor, y sus ojos dejaban muy en claro la muerte que deseaba darle a él, a sus hijos, a sus padres, y a todos los que le hubieran conocido.  Pero la magia del geas no era para bromear: él también se arrodilló frente al embustero que lo había embaucado, y toda su nación le imitó.

- No se desesperen, mis fieles -dijo Morb, mientras enrollaba el pergamino del pacto y lo guardaba en su cinto-, que no los ocuparé por mucho tiempo.  Necesitaba un ejército, y ¡maravilla de maravillas!, ahora tengo dos.  El destino quiere que me ayuden en mi camino, pues tengo una ciudad que tomar y un tesoro que encontrar.  Luego de eso, poco más los ocuparé, y podrán volver aquí a matarse como prefieran... quizás.

Morbridae, el rey cuyos dominios iban de las montañas al norte de Ieud hasta las costas al sur de Lavitria, e incluían incluso las tierras baldías que los separaban en el centro -donde, algún día cantarían los bardos, un solo hombre había acabado, con un único golpe de su espada, la sangrienta guerra que por casi dos años había existido entre los dos bandos- alzó los brazos sobre su cabeza, y rió como solo un rey podía hacerlo.

Ahora, podía ir a cumplir su destino.


La lógica solamente le da a un hombre lo que él necesita...  La magia, en cambio, le da lo que él desea. -- Tom Robbins

Yo nunca he sido desvalido.  Es que tengo enemigos poderosos. -- Eragon

Quién vigila a los vigilantes? -- Watchmen

martes, 21 de febrero de 2012

Confianza



Rakkun, el paladín, se sentó pesadamente sobre un tronco caído.  Era un hombretón de largos cabellos color arena, que vivía enfundado en su pesada armadura.  El día había sido largo, y no solo él, sino todo su grupo, acusaban el cansancio de la larga cabalgata.  Su única esperanza es que los kobolds a los que perseguían estuvieran igual o más cansados.

Tras terminar de armar el campamento, y mientras esperaban que el par de conejos que Trax había cazado se asaran en la fogata, uno a uno todos los miembros del grupo se fueron sentando en el suelo a descansar.

Desdémona, la maga cruzó sus piernas y abrió su libro de hechizos apoyado en ellas, para estudiar al igual que todas las noches, a pesar de que su rostro denotaba perfectamente el cansancio que sentía; iba vestida en una túnica gris oscuro con manchas que simulaban estrellas.  Golrath, el pelirrojo guerrero enano, se sentó con la espalda apoyada en un árbol y, sacando de entre sus alforjas un pedazo de madera y su cuchillo, continuó con una talla que llevaba días realizando, en la que las alas de un águila ya eran claramente visibles.

Trax, el explorador, había sacado de inmediato su saco de dormir y se habia enrollado en él, silencioso y taciturno; se la había pasado siguiendo rastros y explorando en avanzada, mientras los demás solo cabalgaban, y además había salido a conseguir comida cuando los demás comenzaron con el campamento, por lo que estaba razonablemente más cansado que los demás.  Y Jun D'kert, el monje de rasgos orientales, se encargaba de los conejos al fuego, con su cara tan inexpresiva como siempre.

Todos eran aventureros aguerridos y con experiencia, y Rakkun confiaba en todos ellos: él había salvado sus vidas, y ellos la de él, incontables veces.  Al único del grupo al que no conocía era Morbridae, un ladrón de cara alargada y expresión sombría, que se les había unido en el último pueblo en el que habían dormido.

Los ladrones siempre habían sido un problema para Rakkun: no solamente tenía el problema obvio de la adversión que sentía todo defensor de la justicia contra esos amigos de lo ajeno, sino que además en el pasado habían demostrado ser seres de poca confianza.  Sin embargo, eran un mal necesario: nada como un buen ladrón para abrir las puertas y rejas de los calabozos, o desactivar las trampas del camino antes de que se activaran y causaran algún daño.

Morbridae le generaba más desconfianza aún de lo normal.  No sabía si era su cara, o su actitud de desinterés, o el hecho de que no sabía absolutamente nada respecto a él.  Definitivamente, tendría que estar ojo avizor hasta saber de qué madera estaba hecho...

- Yo haré la primera guardia -dijo Morbridae, como si hubiera estado leyendo la mente del paladín, y se quisiera burlar de él.  Desdémona levantó la mirada de su libro de hechizos, así como hizo Golrath, para mirar al ladrón a su cara, como tratando de saber qué razones tenía para ofrecerse.  Jun D'kert, sin cambiar su posición o variar la velocidad con la que giraba los conejos, miró a Rakkun.  "Oh, no.  Eso no", pensó el paladín...

- No te preocupes, Morbridae.  La haré yo. -respondió Rakkun.

- No tiene sentido. -respondió el ladrón- Soy el que está más descansado, pues aún no he hecho nada, realmente.  Además, estoy oxidado de estar en el pueblo comiendo y durmiendo.  Descansen, que yo haré la guardia.  A lo mejor puedo hacer dos seguidas, incluso.

- En serio, no te preocupes.  La haré yo.  Ustedes son mi responsabilidad.  Tú duerme...

El ladrón miró fijamente al paladín, sin mostrar ninguna emoción en el rostro.  Se agachó y recogió una pequeña piedra redondeada del piso, y se puso a sopesarla, cambiándola de mano a mano.  Luego, como si no quisiera hablar, dijo de repente: 

- Entiendo que no confíes en mí, Rakkun.  Pero soy parte del equipo hasta que se demuestre lo contrario.  No puedes andar desconfiando de mí, o con un ojo en tus enemigos y otro sobre mí, por si acaso.  Si no miras con toda tu atención por dónde caminas, resbalarás...

Rakkun se irguió completamente, su poderosa figura sobrepasando al ladrón por una cabeza completa, y lo miró con seriedad, mientras decía con su voz grave, de forma amenazadora aún cuando no gritó ni la elevó...

- No me enseñarás tú a llevar un grupo de aventureros, o me dirás en quién confiar o no, ladrón.  Tengo más experiencia en una mano que tú en todas tus ganzúas.  Mi desconfianza es lo que me ha mantenido vivo, y lo seguirá haciendo!

Morbridae lo miró, aún como quien ve a un insecto sin importancia, y lentamente se giró hacia él.

- Verás -dijo-, el problema es que no me gusta que estén dudando de mí sin motivo.  Es una cuestión de honor, no sé si me explico.  Si fuera un paladín, o un clérigo de algún dios bondadoso de esos que tanto te gustan, estarías feliz de que hiciera la guardia.  Pero como soy un ladrón, de inmediato me encasillas como un individuo en el que no se debe confiar.  Así que arreglaremos esto de una vez: no quiero pasar un mes a caballo rodeado de gente que duda de mí, y pretende ver lo que no existe.

No habían terminado de salir las últimas palabras de su boca, cuando ya el ladrón se había puesto en movimiento.  Con una mano lanzó un saquillo hacia Desdémona, el cual explotó con un "pooff" al chocar contra su rostro; al mismo tiempo, con la otra mano lanzó la piedra con la que estaba jugando hacia el rostro de Golrath; un seco "crack" sonó cuando la roca chocó contra la frente del enano.

Como si bailara, el ladrón sacó unas boleadoras de su cinto y con un giro rápido del brazo, las lanzó hacia Jun D'kert, que no las vió venir por estar mirando aún al paladín, y con el mismo movimiento, Morbridae avanzó con un par de pasos rápidos hacia Rakkun.  El paladín apenas había reaccionado ante lo que estaba pasando, y había disparado su mano hacia el piso, donde descansaba su pesada espada a dos manos.  Logró agarrarla, pero su mano se congeló en el sitio: el ladrón tenía su rostro a solo unos centímetros del suyo, su mirada aún sin expresión, su respiración serena como si hubiera estado disfrutando de una caminata una noche estrellada de verano.  Las espadas cortas del ladrón, ligeramente curvadas, estaban cruzadas junto al cuello del paladín: un simple movimiento bastaría para ser degollado.

El ladrón, lentamente, le dijo: - Veamos.  Estarás de acuerdo en que, si quisiera, los podría matar ahora mismo, no?

El paladín movió lentamente sus ojos por el campamento.  Desdémona tosía y boqueaba, ahogada por el polvo que había salido del saquillo que el ladrón le lanzó; no estaba inconsciente, pero Rakkun dudaba que pudiera usar algún hechizo hasta recuperarse.  Golrath estaba en el suelo, caído de espaldas, luego de perder el conocimiento tras la pedrada de Morbridae.  Jun D'kert estaba forcejeando, caído de lado junto a la hoguera, sus brazos y cuello rodeados por las cuerdas de las boleadoras, que imposibilitaban su movimiento.  Y Trax, el buen Trax, seguía durmiendo como un bendito, pues todo había sido tan rápido y silencioso que ni siquiera un grito había sonado.  El paladín miró de nuevo al ladrón, y lentamente, asintió.

- Pues bien -dijo el ladrón- dado que ahora sabes que, de haber querido matarlos habría podido hacerlo ahora mismo, espero que dejes de lado la duda de que lo haré mientras duermen.  Suena lógico, no? -el ladrón se permitió una sonrisa ladina, y lentamente, quitó las espadas del cuello del paladín, guardándolas en sus fundas.  Se dió la vuelta, confiado- Como te dije, haré la primera guardia.  Duerme tranquilo, guerrero de los dioses, que estarás a salvo mientras duermes.

El ladrón se sentó con la espalda contra un árbol, preparado para su guardia.  Pasaron algunos segundos antes de que el paladín saliera de su sorpresa y fuera a ayudar Jun D'kert y a atender a los demás.  Y durante el resto de la noche, nadie dijo nada: el único sonido que rompió el silencio del campamento fueron los ronquidos de Trax, que durmió como un niño hasta la mañana siguiente.


Lo que definía a los X-Men hace diez años era que se enfrentaban a fuerzas más allá de su control.  Lo que los define ahora es trascender eso: encontrar una forma para ganar, sin importar qué ocurra.  Incluso ante las adversidades más grandes, el secreto está en nunca perder las esperanzas, jamás perder el sentido del sueño que te dirige.  Que pase lo que pase, encontraremos una forma de ganar.
-- Chris Claremont

lunes, 21 de noviembre de 2011

Una historia sobre Paz



Terminé de escribir mi último post en mi blog, y quedé con una sonrisa idiota en el rostro. Es que me encantaba encontrarme con Paz.

Ella era un personaje que había creado unos meses atrás para una historia de fantasía en un universo alterno, un mundo similar a la edad media real pero con magia, idéntico a tantos otros mundos creados por escritores antes de mí. Era una chica dulce, de largos cabellos color miel, y unos melancólicos ojos del color de la madera de los fresnos jóvenes que habían en mi pueblo. Normalmente usaba una túnica gastada, de un indefinido tono entre verde y gris, que no hacía sino resaltar con su sencillez su belleza.

Para ser alguien a quien no había visto nunca, podía describirla muy bien...

En la historia Paz tenía la habilidad de comunicarse con las plantas, y poseía unas habilidades curativas muy buenas gracias a la mágia druídica que había heredado de su madre, quien había muerto al nacer ella. Su padre, el herrero del pueblo, era un hombretón que escondía bajo su gruñón exterior un corazón de oro, rajado por la muerte de su esposa, a quien aún amaba. Solamente Paz sabía cómo acercarse a él, y solo por ella latía ese corazón.

Para ser alguien a quien no conocía, ella me importaba más que cualquier ser vivo... En ella había puesto todo lo bueno que alguna vez pensé que podría encontrar en una sola persona.

Desde que la conocí... desde que la creé... siempre fue mi personaje favorito. Ni siquiera Lox, el atolondrado guerrero que era el verdadero protagonista de la historia me había gustado tanto como esta inofensiva chiquilla que se había vuelto parte importante del grupo de aventureros que luchaba, mitad por convicción y mitad porque no les quedaba de otra, contra el dominio del malvado ser que estaba destruyendo los pueblos de la nación de Arrakis.

Todos mis lectores, esos mismos lectores que me aplaudieron la brillantez del primer cuento que escribí sobre ese grupo, esos que me insistieron para que continuara la historia, y la continuara, y la continuara, esos mismos lectores eran los que me preguntaban cuándo me decidiría a -por fin- hacer que Lox y Paz fueran pareja. Ellos no sabían que, de solo pensarlo, me desesperaba: cómo entregarla a los brazos de otro hombre cuando era yo quien ansiaba dormir entre sus brazos, y calmar sus temores de chiquilla cuando los truenos de una tormenta nocturna no la dejaran dormir?

Para ser alguien que no existía, era para mí más real que todo lo demás. Ella era lo único que importaba.

Poco a poco todo dejó de tener sentido. Paz era la chica de la que me había enamorado, solo que, a diferencia de las chicas con las que se conformaban mis amigos -los pocos que tenía-, ella jamás estaría en mis brazos. Jamás saldríamos a correr como dos perros sin dueño por la Colina del Amanecer, cerca de su pueblo. Nunca me mostraría la tumba de su madre, ni la tomaría de la mano mientras ella rezaba en silencio para que la naturaleza la recibiera de nuevo en su seno. Ni una sola vez escucharía su cantarina voz, o esa risa que -decían aquellos a los que yo mismo había creado- era capaz de llenar de esperanza hasta los corazones más vacíos.

Jamás podría decirle que la amaba, ni escuchar de sus labios -pues no podía ser de otro modo- que ella también lo hacía. Yo, señor y creador de su mundo, que podía hacer que ella me amara solo por el hecho de que yo la amaba a ella, jamás podría sacarla de allí para atraerla hacia mí, y calmar sus dudas y sus temores con un abrazo infinito.

Pero ya nada de eso importaba. Había terminado la última historia en la que ella aparecería, y ya la había publicado en el blog. Me recosté en la silla y pasé mi mano por mi cara, sobre la descuidada y crecida barba, sobre las ojeras, sobre mis caídos pómulos -había perdido mucho peso en esa época-, sobre mis cabellos lacios y grasosos por la falta de aseo, mientras mi boca seguía con la sonrisa estúpida pintada en ella.

Había sido una obra maestra matarla sin matarla. Había logrado que su pase al mundo espiritual -su "unión a la naturaleza", como lo había llamado en el cuento- fuera al mismo tiempo heróico, necesario, y tan pacífico como merecía una princesa como ella. Había sido un sacrificio; un sacrificio para salvar a su pueblo, a su gente, a sus amigos; y mientras la naturaleza consumía su cuerpo, ella se despidió de ellos asegurándoles que iba a un lugar mejor, a un mundo espiritual poblado por los tótems de las criaturas de la naturaleza, desde donde los seguiría cuidando como hasta ahora.

Lox cayó de rodillas, con una solitaria lágrima rodando por la misma mejilla donde el Barón Sangre le había hecho su herida característica; lloró en silencio por lo que había perdido sin tenerlo. Y mientras él lloraba, yo reía para mis adentros, porque las esperanzas que él había perdido ahora yo las había ganado.

Sin apagar el monitor de la computadora, levanté la pistola y la apunté hacia el lado de mi cabeza. Cerré los ojos un momento para una muda plegaria para que el mundo de sus espíritus y el de los míos fuera el mismo, y al terminar los abrí para leer una vez más su nombre en mi pantalla. Luego, apreté el gatillo.


Cuando dos personas se conocen y se enamoran, hay un súbito flujo de magia. La magia está presente de forma natural en ese momento. Tendemos a alimentarnos en ese flujo gratuito de magia sin preocuparnos de crear más cantidad. Un día nos despertamos y encontramos que la magia se fue. Nos apuramos para hacer que regrese, pero cuando lo hacemos normalmente ya es muy tarde, porque nos la hemos gastado toda. Lo que tenemos que hacer es trabajar muchísimo para crear más magia desde el comienzo. Es un trabajo duro, pero si podemos recordar hacerlo, aumentaremos muchísimo nuestros chances de hacer que el amor continúe con nosotros. -- Tom Robbins

miércoles, 20 de julio de 2011

Linaje de Poder



- Ataqueeeeeeen!

El grito retumbó en los muros del castillo, y los defensores apretaron sus armas, sabedores de que la defensa final por la ciudad se había iniciado. Los arqueros dispararon flecha tras flecha sobre los atacantes, ensombreciendo el cielo con una nube de muerte, y los soldados de a pie se agruparon en cerradas formaciones tras las puertas del castillo, con la esperanza de detener al enemigo si lograba entrar.

Los atacantes (humanos y orcos en su mayoría) avanzaron a la carrera por el espacio que los separaba de las puertas del castillo. Tras ellos, algunos golems de asedio, manejados por enanos, avanzaban pesadamente hacia su destino, las paredes externas de la fortaleza, para pulverizarlas con sus inmensas manos en forma de martillo.

De entre la masa de atacantes, uno de ellos se destacó mientras corría hacia el frente. Era un orco guerrero, un titán entre titanes, perteneciente a un grupo de guerreros élite de los orcos conocidos, de forma muy apropiada, como "destructores". Sus poderosas piernas lo separaron muy pronto del resto de la vanguardia, y cargó el solitario contra las puertas del castillo, con su gran martillo de guerra a dos manos firmemente sujeto.

Las flechas llovían sobre él, pero su armadura y lo grueso de su piel lo protegían casi totalmente del daño, por lo que avanzó sin problemas hasta llegar al lado mismo de las puertas. Sin detener su impulso, describió un semicírculo con su martillo, y concentró toda la velocidad que llevaba, el peso del gran arma, y la fuerza de sus músculos sobrehumanos, en un poderoso golpe.

El sonido, similar a un trueno, recorrió el campo de batalla. Por un segundo, todos los demás ruidos, el resonar del metal, los gritos de los atacantes y los defensores, todo, quedó en silencio, como reverenciando el poder de ese majestuoso golpe.

Con un rechinar lastimero, sepultado pronto por el sonido de la madera astillándose, una de las inmensas puertas de la ciudad cayó hacia dentro del castillo.

Un solo golpe había bastado para derribarla.

Con una sonrisa de salvaje satisfacción en el rostro, el orco entró con seguridad en el castillo. Los demás atacantes aprovecharon la sorpresa de los defensores, y atacaron con todo: magos y arqueros usaron sus armas y hechizos contra los magos y arqueros del castillo, y el resto de los soldados corrió hacia el patio interno por el boquete que había abierto el gigante verde.

Los defensores, sin embargo, sabiendo que perder esta lucha significaba la desgracia de su ciudad, reanudaron sus esfuerzos con redoblada energía. Donde uno de ellos caía, dos ocupaban su lugar, y luchando como verdaderos posesos, lograron poco a poco empujar a la marea de atacantes fuera del castillo.

Los líderes, cubiertos de polvo y sangre, y cansados por el esfuerzo realizado, se reunieron rápidamente para ver el mejor curso de acción, mientras veían con resignación la forma en la que los enanos de la ciudad reparaban rápidamente la puerta para evitar un segundo ataque, mientras los arqueros del castillo evitaban que cualquiera se acercara lo suficiente como para detener la construcción.

En minutos habían trazado un plan, pero en ese tiempo los artífices de la ciudad ya habían terminado de reparar la puerta ("tosco, pero servirá", alguien comentó que dijo el maestro enano). Con los golems ocupados en los muros de los lados del castillo, el problema de cómo derribar la puerta parecía insalvable.

De entre las filas de los defensores comenzó, de pronto, a elevarse un murmullo que pronto se convirtió en numerosos gritos de terror. Los atacantes veían con curiosidad como los arqueros se volteaban y comenzaban a lanzar flechas hacia el interior del castillo, sin entender qué era lo que pasaba...

...hasta que un golpe, poderoso como un trueno, resonó en el castillo, y la puerta volvió a caer, esta vez hacia afuera...

El orco que había guiado el ataque se paró sobre los restos de la puerta. Traía bajo uno de sus brazos un cadáver, que alzó y arrojó de forma despectiva, con la misma facilidad que si se hubiera tratado de una papa, al claro frente a sí, donde tanto atacantes como defensores podrían verlo.

Era el cadáver del jefe de guardia de la ciudad, su paladín y más poderoso defensor, completamente destrozado, como si una inmensa roca -o un martillo gigante- lo hubiera alcanzado de lleno en el pecho.

- Y bien, mariquitas -resonó la gruesa voz del orco en el campo de batalla-, acaso me voy a tener que encargar del castillo yo solo?!?

Con una carcajada, y sus ojos rojizos brillando de satisfacción, el coloso esmeralda volvió a entrar a la ciudad, y los gritos de terror se reiniciaron. Los atacantes, a una sola voz, corrieron de nuevo a la ciudad, para ayudar a su campeón, mientras gritaban a todo pulmón el nombre del héroe que se convirtió en leyenda cuando hizo posible -casi en solitario- la toma de la ciudad:

- BLEDA! BLEDA! BLEDA..!


Sé lo que estás pensando: "hizo seis disparos, o solo cinco?". Para serte sincero, en todo este desorden, perdí la cuenta. Pero dado que esta es una Magnum 44 -la pistola más poderosa del mundo- y que te arrancará la cabeza de un disparo, tienes que hacerte una pregunta: "me siento con suerte?". Bien, te sientes con suerte, idiota? -- Clint Eastwood (Dirty Harry)

He visto mujeres en el gimnasio que deben estar haciendo ejercicios en otro sitio solo para verse lo bastante bien como para ir al gimnasio! -- Tim allen (Don't Stand Too Close to a Naked Man)

[Sobre "Rocky Balboa (2006)"] Supe que soportaría la vergüenza de escuchar todas las bromas sobre mí. Mi esposa me rogó que no lo hiciera, y es por eso que escribí esta línea: que prefiero hacer algo que amo, que sentirme mal por no hacer algo que amo. -- Sylvester Stallone

martes, 31 de mayo de 2011

Linaje de Honor



Con las piernas temblando por el dolor y el cansancio, la ladrona subió de forma vacilante las polvorientas escaleras de piedra, en dirección a la luz que indicaba la salida del laberinto...

En mala hora, pensaba confusamente Yasuri, había aceptado acompañar a su grupo en el descenso hacia el Laberinto del Abismo: desde que entraron al mismo se habían perdido irremisiblemente, y no habían hecho sino tratar de escapar de los demonios que pululaban por los interminables pasillos del maldito laberinto.

Vio a varios de sus amigos morir a manos de esos demonios, y sabía que era más por suerte que por habilidad que había logrado sobrevivir tanto... hasta que la suerte la había abandonado, y se separó por error de los pocos sobrevivientes.

Cansada, herida, abatida y sin esperanzas, ya no tenía idea de cuánto tiempo llevaba vagando por el laberinto. Llegado un momento, la fiebre se apoderó de ella, y aún cuando las paredes hubieran sido diferentes entre sí, no habría podido reconocerlas.

La realidad se difuminó entre escenas del pasado... Vio a su madre al momento de venderla al mercader que la llevó lejos de su casa. Se vio en las calles de Aden, robando frutas del mercado para poder sobrevivir. Escuchó de nuevo los gritos de desprecio que le habían dirigido en toda su vida: escoria, bazofia, ladrona, asesina...

Qué sabían ellos? Qué conocían ellos de las penurias que una niña podía pasar en las calles de una gran ciudad, sin nadie que la cuidara? Quiénes eran ellos para juzgar las cosas que ella había aceptado hacer solo para poder llenar con el contenido de un plato caliente a su hambriento estómago?

Ahora, al menos, el fin de sus sufrimientos estaba cerca. Sabía que no sobreviviría mucho más en estas catacumbas.

Castigada por esas imágenes, por esos pensamientos, su cerebro apenas registró el soplo de aire fresco, y el leve cambio en la penumbra del laberinto, que señalaban sin error la salida del mismo. De repente, sin saber por qué, una nueva oportunidad se abría ante ella. Las promesas de lágrimas de alegría apenas le permitían ver la puerta que la sacaría de ese infierno...

- Auxilioooo...

Una expresión de desolada sorpresa se pintó en el rostro de Yasuri. Ese grito podía haber sido de Maxell, o quizás hasta de Brisingr, no estaba segura, pero con certeza debía ser de alguno de los miembros de su clan que aún no habían escapado... ni habían muerto.

El grito se repitió, esta vez más desesperado, y casi completamente cubierto por los gruñidos de demonios cercanos: seres de pesadilla que apretaban el cerco alrededor de sus presas...

Una lágrima de desesperación rodó por la mejilla de Yasuri, y en su camino se fué tiñendo del rojo de su sangre y del negro de la suciedad que tiznaba su rostro. Tenía la salida ahí, al alcance de la mano! La salvación! Qué maldita broma del destino era esta?

Quién la culparía por irse, por salvar su vida? No tenía sentido arriesgar su pellejo. Seguramente cuando lo encontrara, si es que lo encontraba, no quedarían más que despojos, y sería ella la que tendría que luchar por su vida mientras trataría de alcanzar de nuevo la relativa seguridad de esta vía de escape.

Quién la culparía...? Quién lo sabría...?

...

Ella.

Un entrecortado suspiro surgió de sus labios. Este era el momento en el que callaría a todas esas voces que la atormentaban. Quizás moriría, pero lo haría como lo que en verdad era. Y si sobrevivía, podría caminar el resto de su vida con la frente en alto.

Se pasó un mugriento brazo por su rostro, secando sus lágrimas, y esbozó una triste sonrisa. Se secó la sangre de sus manos y de las empuñaduras de sus dagas en las perneras de sus pantalones, y las agarró con firmeza.

Luego, dió un paso.

Con las piernas firmes por el orgullo y la determinación, la heroína bajó con firmeza las polvorientas escaleras de piedra, en dirección al interior del laberinto...


Es de esas cosas de las que trata Rocky: orgullo, reputación, y no ser solamente otro vago del vecindario. -- Sylvester Stallone

Las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene una. -- Clint Eastwood (The Dead Pool)

miércoles, 30 de marzo de 2011

Memoria de elfo



En un pasado no muy lejano, un cazarecompensas enano cometió un terrible error. Mientras perseguía a un enemigo semi-elfo que estaba escapando de él, llegó a un caserío élfico. Equivocadamente, el enano asumió que el lugar era el hogar del semi-elfo. Nada lo convenció de que ese no era el caso, y se molestó cada vez más de que los elfos estuvieran "escondiendo" a su presa.

Bajo los efectos de su ira, y sin poder controlar los deseos por el dinero de la recompensa, el enano asesinó cruelmente a un leñador elfo, usando el hacha del propio elfo para picar al viudo en dos. Los cuatro hijos del elfo, que habían estado jugando cerca, quedaron paralizados del miedo. Ignorando a los adoloridos niños, el cruel enano se dirigió de nuevo a los bosques. Allí encontró rastros del semi-elfo fugitivo, y continuó su persecución.

Siendo como son los elfos, la gente del caserío adoptó y cuidó a los niños lo mejor que pudo. La mayoría fue eventualmente adoptada por gente de otras villas, porque el caserío era tan pobre que no podía mantener a niños sin padre. A pesar de estar separados, los cuatro niños alimentaron un deseo privado de venganza en sus corazones. Cada uno entrenó diligentemente para entender el camino del bosque y del rastreo, aprendiendo sus sutiles detalles para poder vengar a su padre.

Cincuenta años pasaron desde la muerte del leñador antes de que los jóvenes elfos sintieran que ya estaban listos. Se reunieron e hicieron un solemne juramento, que no descansarían hasta encontrar al asesino de su padre. Los cuatro se separaron entonces, cada uno dirigiendo sus pasos a cada uno de los puntos cardinales. Grabada a fuego en sus mentes estaba la imagen del enano. Preguntaron a todos los que se consiguieron en su camino, y algunos incluso buscaron y usaron objetos mágicos. Finalmente, uno de ellos encontró una pista y les envió un mensaje a sus hermanos para reunirse con él lo antes posible.

El anciano enano se había retirado de su oficio de cazarecompensas y vivía solo en las montañas. Los cuatro elfos atacaron por sorpresa su hogar, y lo secuestraron mientras dormía junto al fuego. Nadie jamás volvió a ver al enano de nuevo, pero su casa aún se mantiene en pie. Cada pocos años, aparecen frente a la entrada de la casa miembros cortados con un hacha: miembros cortados de un viejo enano. Hasta la fecha, han aparecido 17 brazos y 12 piernas.

Un anillo de regeneración puede hacer maravillas para las venganzas.


(Traducción libre de una historia aparecida en "The Complete Book of Elves" (El libro de los elfos), de AD&D, en referencia a la forma de pensar de los elfos)


La capacidad de aprender es un don.
La habilidad de aprender es una aptitud.
La disposición a aprender es una elección.
-- Rebec of Ginaz

El más grande servicio que puedes llevar a cabo es enseñar a tus hijos a tomar buenas decisiones. -- Mike Wesely

Traté de ser razonable. No me gustó. -- Clint Eastwood

jueves, 23 de diciembre de 2010

Linaje Primal



Bajo la neblina de la fría mañana, los dos jinetes se acercaron al Monasterio del Silencio. El aliento de sus gigantescas monturas -un Fenrir de las montañas, especie de gran lobo, y un Corredor del Viento, similar a un dragón sin alas- se condensaba apenas salía de sus hocicos, formando nubecillas que los precedían en su camino.

Los animales se detuvieron a varias decenas de metros del monasterio, desde donde numerosos acólitos los observaban, espectantes. Las dos figuras se apearon, amarraron sus monturas a un árbol cercano, y se quitaron las capas con las que se protegían del frío matutino, arrojándolas al lado de sus animales.

Uno de los jinetes era un humano, más bien bajo y delgado, con cabello color miel que parecía no haber sido peinado nunca. La toga oscura que usaba, y el báculo que empuñaba, denotaban que era un hechicero de alguna clase. El otro jinete fácilmente ocupaba cuatro veces el volumen del humano: la capa a duras penas podía ocupar el ancho torso y los gruesos brazos, cubiertos de la verde piel de un orco.

Sin variar la expresión concentrada en sus rostros, empuñaron sus armas -el báculo, en el caso del hechicero, y un par de armas en forma de garras, para el orco-. Hablaron un momento en voz baja, tras lo cual el orco susurró una sola palabra -"Liebre"- y sin mayor preámbulo, avanzaron hacia el monasterio.

Los Acólitos del Silencio les salieron al paso, armados para detenerlos, pero los dos jinetes resultaron ser una amenaza mayor a lo previsto: el orco se movía a una velocidad increíble, y sus garras eran solo un borrón rojizo contra la neblina. Numerosos acólitos murieron antes de darse cuenta de qué era lo que estaba ocurriendo, y poco a poco la mole verde se tiñó de sangre, en su ruta hacia la puerta principal.

Los poderes del hechicero resultaron igual de mortíferos, y un poco más grotescos: de su bolsa se elevaron numerosos trozos de hueso teñidos en rojo, y comenzaron a trazar círculos y espirales a su alrededor, como protegiéndolo de lo que se acercara. Cada vez que el hechicero se concentraba en un enemigo, un trozo de hueso brillaba y se lanzaba hacia la víctima, clavándose en su cuerpo y explotando.

Los acólitos trataban de apartarse de su camino: se decía que aquella persona que resultaba herida por un hueso maldito no podía ser curada, y si moría, su alma no podía ser retornada a su cuerpo por ningún tipo de magia... Para colmo de males, el necromante -pues eso resultó ser- aprovechaba además los cuerpos caídos, uniendo sus huesos a los que ya poseía, y a veces levantando sus cuerpos para que lucharan contra sus antiguos aliados.

La noche anterior, el patio del monasterio había sido un bello jardín, verdeado de grama y hermosas plantas. Breves minutos después de que la lucha comenzó, se había convertido en una mezcla de restos informes y charcos de sangre, sobre la que solamente las dos figuras de los recién llegados permanecían en pie.

Los atacantes avanzaron con paso seguro hacia las puertas del monasterio, ahora cerradas a cal y canto. El necromante extendió su mano, y una calavera se desprendió del cuerpo del acólito al que había pertenecido, y se posó en la misma. La calavera se tiñó de rojo, y al momento voló hacia el centro de las puertas; al impactar en las mismas, estalló con fuerza en una nube color rojo sangre.

Cuando el humo se posó, una de las puertas guindaba ridículamente de uno de sus goznes, y la otra estaba caída en el piso, rota por la mitad.

El orco y el humano subieron los escalones externos del monasterio, pero una figura los esperaba en el umbral de la puerta: una elfa, delgada y rubia, con una túnica negra de estilo similar a la que usaba el necromante.

- No pasarán -dijo la elfa, con voz desprovista de cualquier sentimiento.

- Vesna? -respondió, sorprendido, el humano.- Qué haces aquí?

- Protejo lo que vale la pena ser protegido, de desgraciados como ustedes!

- Vesna, -sonó la grave voz del orco- necesitamos el collar. Y sabes por qué. Es lo mejor... es lo único que podemos hacer! Si no completamos los amuletos a tiempo, Aden estará perdido.

- Y eso justifica el robo, la matanza?!? Chicos, eran héroes!!! Qué les ha pasado? -gimió la elfa, una lágrima rodando por su mejilla.

- Aún lo somos, -respondió, sombrío, el humano- y por eso hacemos lo que debe ser hecho. Aunque nos duela...

- Pues no los dejaré, Richard. Si quieren entrar al monasterio, tendrán que pasar sobre mí...

Vesna alzó su báculo, y uno de los cuerpos de los defensores comenzó a levantarse. Palabras arcanas surgieron de sus labios, y un fulgor rojizo la rodeó.

- Cuidado! -gritó el necromante al orco, al tiempo que se echaba hacia un lado. Los cuerpos que estaban a sus pies comenzaron a estallar, lanzando carne, huesos y visceras en todas direcciones- Zoreck, -gritó al orco- avanza y toma el collar! Yo me encargaré de Vesna!

El orco cerró los ojos un momento, y susurró una palabra: "Lobo"; cuando los abrió, sin mediar palabra, corrió hacia las puertas. Los necromantes solamente vieron un borrón verde que pasó a toda velocidad al lado de la elfa, y se internó en el monasterio.

Vesna se giró, con el rostro congestionado, en busca del orco, pero se volvió rápidamente al escuchar al humano iniciar un hechizo, y comenzó de inmediado un hechizo de protección...

* * *

Zoreck avanzó como una exhalación por los pasillos del monasterio. La construcción estaba vacía, en su mayor parte, pero algunos acólitos, obispos, y otros Clérigos del Silencio, que se encontraban aún dentro trataron de detenerlo, y ahora sus cuerpos se desangraban sobre el mármol de los pisos.

El orco recorrió el monasterio hasta llegar al otro extremo, y al llegar a la capilla principal encontró -sin mayor protección- el Collar de Frintezza. Los clérigos confiaban en el poder de su número, en la protección de su fé y de las supersticiones que los protegían, y en el secretismo con el que ocultaban su paradero, además de el duro camino que había que recorrer para llegar a ellos.

Con una sonrisa cínica, Zoreck agarró el collar -gélido al tacto-, casi esperando que una maldición -o una roca gigante- cayera sobre él, y salió del monasterio.

* * *

Apenas traspasó las puertas de entrada, el orco se detuvo. El cielo estaba cubierto de fulgores rojos, y explosiones sonaban por doquier, mientras los dos necromantes manejaban las energías de los espíritus a su alrededor en sus ataques.

Numerosos cuerpos caminaban o se arrastraban a su alrededor, algunos completos, otros medio destruídos, y trozos de huesos volaban por doquier. La imagen, digna de cualquier pintura o cuadro que representara el dominio de Shilen, era aterradora.

Vesna sintió más que vió la presencia del orco, y se giró con la preocupación pintada en el rostro hacia él. Al notar el collar en sus manos, un grito de dolor escapó de sus labios, y comenzó a realizar un hechizo dirigido al goliath verde.

A mitad de camino, la voz murió en sus labios, y el brillo de sus manos se disipó... Giró un poco su cuello, para ver a Richard, justo tras ella. Un hueso teñido en rojo estaba en sus manos, la punta profundamente incrustada en la espalda de la elfa.

Una lágrima rodó por el bello rostro de Vesna, y su cuerpo se deslizó hacia el suelo, quedando inmóvil. De inmediato, el cielo se aclaró, y los cuerpos dejaron de moverse, cayendo al piso como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos de un golpe...

Los dos sobrevivientes de la lucha se detuvieron un momento alrededor del cuerpo de la elfa, como rindiendo homenaje a su antigüa compañera, y sin decir una palabra, se dirigieron a sus monturas. Con sombrío ánimo, se subieron a ellas, y emprendieron el largo camino de regreso.

* * *

Minutos después, ambos de detuvieron sobre una elevación del terreno, para observar el valle del Monasterio del Silencio. Una fina capa de escarcha comenzaba a cubrir la bolsa de cuero, colgada de la cintura del orco, que contenía el Collar de Frintezza.

La destrucción había sido notoria. Algunas figuras se movían entre los muertos y heridos -clérigos, seguramente, tratando de curar o revivir a los que se pudiera-. Al lado de la figura de Vesna -fácilmente identificable por su rubio cabello y lo negro de su toga-, un obispo estaba de rodillas, utilizando sus hechizos para tratar de revivirla. Zoreck frunció el ceño cuando vió que el cuerpo de la elfa se incorporaba, con una mano en la cabeza como si estuviera mareada.

- No sé mucho de magia -le dijo al humano- pero qué no ocurre que los muertos por huesos malditos no pueden ser revividos?

El necromante se caló su capucha en la cabeza, y sin mirar al orco, le respondió:

- Es así... Pero acostumbro llevar algunos huesos normales en la alforja... Solo por si acaso...

El orco lo miró de hito en hito. Echando la cabeza hacia atrás, profirió unas estruendosas carcajadas que retumbaron en el cañón bajo ellos, y llegaron con seguridad al valle a sus pies.

- Richard, eres un sentimental! -rió, y espoleó a su Fenrir para que iniciara el camino.

Con una última mirada al valle, el necromante le siguió...


Estoy cansada de solo sentarme a esperar a que algo pase... -- Winry Rockbell

Tienes un corazón fuerte. Sin miedo. Pero estúpido! Ignorante como un niño! -- Neytiri

Podría haber dicho "no es nada personal", pero solo mirar a tu estúpida cara lo hizo ser personal. -- Richard

viernes, 23 de julio de 2010

Calev


Calev se irguió al llegar al final de la escarpada subida. Ante él, una explanada servía como terreno de juego para el frío y cortante viento. Hacía mucho que los cambios de la temperatura habían dejado de significar algo para él. Desde aquella fatídica noche en la que había pasado a ser algo más -o algo menos- que un humano.

Demonio, strigoi, witiko, traidor... Ni él mismo sabía qué es lo que realmente era, con una excepción: sabía que era un monstruo. Y lo había sido desde antes de que la maldición descendiera sobre él. Irónicamente, había hecho más bien desde que había dejado de ser humano, que mientras lo fué.

Y hoy era su mayor prueba...

Varios metros delante de él, la bruja se giró de repente, con el odio dibujado en sus toscas facciones. Una mueca se formó en su boca sin dientes, mientras una saliva rojiza era arrancada de su barbilla por el fuerte viento.

Tras ella, la estatua de Bahamut se alzaba. Un titán de piedra negra, casi el doble de alto que la bruja, y con la forma inconfundible de un minotauro. Bajo su cabeza astada, un musculoso torso humano descendía hasta acabar en un halo de negros pelos que rodeaban su cintura. Pequeñas escamas, de un detalle impresionante que Calev podía distinguir aún en esa tormentosa noche, se iniciaban justo por debajo de su deforme miembro, y se iban haciendo cada vez más toscas, hasta acabar en unas patas que simulaban ser colas de pescado. El detalle final de la escultura era una gruesa cuerda, que Calev sabía una vez tuvo cuarenta y dos nudos.

Esa cuerda, que era lo único que mantenía al dios fuera de este plano, ahora aparecía casi completamente desamarrada. Sólo siete nudos restaban...

Sabiendo que no tenía tiempo que perder, Calev hendió la noche con un rugido, y corrió hacia la bruja.

La anciana rió, y habló en un idioma olvidado por el hombre. Señaló a Calev con un nudoso dedo, y dejó escapar una de sus maldiciones más usadas, cargada con todo el odio que anidaba en su negro corazón.

Polvo eres,
polvo serás,
ahora vives,
ahora morirás!


Calev detuvo su carrera en seco, y cayó de rodillas al rocoso suelo. Esquirlas de roca se clavaron en las palmas de sus manos cuando las apoyó para frenar su caída. Un frío dolor recorrió cada uno de sus huesos, cada uno de sus órganos, cada una de sus venas, mientras sentía que una gélida mano apretaba su corazón.

Dejando escapar un grito lleno de rabia y dolor, Calev se puso lentamente en pie.

Los ojos de la bruja se desorbitaron, y comprendió que la figura que se abalanzaba hacia ella no era humana, y que probablemente no estaba vivo. Pero no podía perder! No ahora que estaba tan cerca de liberar a su señor! Recuperándose de su estupor al mismo tiempo que el hombre saltaba sobre ella, lo señaló de nuevo con su garra, y le lanzó la primera maldición que su cerebro pudo recordar, una que había aprendido de corazón hace muchísimos años, cuando estaba comenzando a recorrer el camino que ahora acababa.

Rosa, Lis, Orquídea,
belleza y admiración,
serás bella flor ligera,
serás Diente de León!


La figura de Calev se hizo, de repente, blanca como la más mullida de las nubes, y pareció dispersarse. La bruja cacareó una burda risa, pensando que disfrutaría ver como los vientos de la tundra diseminaban al atrevido estorbo hacia los cuatro puntos cardinales.

Calev no era mago, pero su maldición era poderosa. Tan poderosa, que era capaz de retorcer cualquier cosa que tocara, por buena o mala que fuera. Bahamut era un dios malévolo, capaz de atrocidades inimaginables para un ser humano, y comparado con él, Calev era un Paladín del Bien. Pero, a su vez, la bruja era sólo una niña jugando a muñecas, al lado de la oscuridad que maldecía a Calev.

El cuerpo de Calev se disolvió en multitud de partículas blancas, pero no eran simples florecillas, sino verdaderos dientes. Los colmillos se juntaron por su propia voluntad unos a otros, y formaron un león de marfil que, sin detener su salto, aterrizó sobre la bruja, abriéndole un surco en su abultado abdomen con sus garras hechas de dientes.

El terrible rugido del león de dientes ahogó el grito de dolor y sorpresa de la bruja al saberse herida... Sangre y tripas bañaron las piedras de la explanada justo antes de que el cuerpo deforme de la bruja cayera al suelo.

Entre el dolor y la sangre, la moribunda bruja miró con sus ojos empañados al majestuoso león blanco que la miraba a un par de metros de distancia. Sabía que había fallado... Sabía que estaba muy débil para encargarse del león y liberar a su amo antes de morir... Sabía que este dolor no sería nada comparado a aquel que le esperaba en la oscuridad a la que iba.

Aún muriendo, la desgraciada hechicera logró tener un pensamiento malvado más, un rayo de venganza que atravesó su mente, tal era el odio que llenaba lo que en un humano sería el corazón. Por tercera vez esa noche, apuntó con su dedo a la figura ante ella, y entre esputos de maloliente sangre, recitó una maldición.

Ya que morir no puedes,
por bondad o por maldad,
como lo que más tu alma odia
vivirás por la eternidad!


Esta vez fué la alocada risa de la bruja la que acalló el rugido de dolor del león, mientras los dientes que conformaban su piel de marfil cayeron a la fría piedra del piso. Cual perlas en una cama negra, rodearon la figura que, aún presa del dolor, se agazapaba en el piso.

Una vez más, el visitante se puso en pie. La última risa de la bruja murió antes que ella, cuando sus ojos se cruzaron con los de Calev, y se dió cuenta de que el hombre era exactamente igual a cuando llegó a la explanada...

Con una sonrisa sin humor en su rostro, Calev pateó la cabeza de la bruja, y el poderoso impulso lanzó el maltrecho cuerpo hacia abajo del terraplén, en una caída libre que acabó cientos de metros más abajo.

El hombre se volteó, y miró a la estatua. Con curiosidad, notó el inmenso odio que emanaba de la negra piedra, y pensó en si debería lanzarla también cerro abajo, o tratar de destruirla con sus manos, para evitar que el dios tratara de volver a entrar a este mundo...

Calev se dió la media vuelta e, ignorando al dios, comenzó el descenso por el escarpado borde.

Realmente, pensó, no era su problema.


Creamos horrores imaginados para ayudarnos a sobrevivir con los horrores reales. -- Stephen King

lunes, 5 de julio de 2010

Oscuridad es el nombre que encontré para mí


Hace ya casi un año, y debido a la muerte de Michael Jackson, escribí un post. En él quería compartir una imagen que recordaba haber visto alguna vez en Internet, pero -cosa rara- no la pude conseguir. En un alarde de megalomanía, ofrecí un premio a aquel de mis numerosos e interesados lectores que, movido por el interés de complacer mis más diminutos deseos, consiguiera la imagen en cuestión.

Nadie me paró ni media bola.

Casi un año después -o sea, ahorita-, una nueva amiga de toda la vida se tropezó con este blog -bueno, y conmigo- y, me imagino que en parte por tratar de humillarme consiguiendo lo que yo no pude, en parte por aburrimiento ante la falta de algo mejor que hacer, aceptó mi reto, y lo superó -con una facilidad espantosa, cabe penosamente acotar-, con lo que se ganó el dudoso honor de elegir sobre qué escribiría a continuación. Parafraseándola:

Me gustaría que escribas sobre los pros y contras de ser "Oscuridad" (el alias). Yo pienso que cuando uno escoge un alias siempre hay una razón por debajo; creo que a veces uno la conoce, y a veces no. La sabes? La has pensado? Escoger un alias tiene un trasfondo?

Sirva este escrito como pago de la apuesta, Astrid. Sirva este escrito para aclarar tus dudas -y las de Gilberto, que capaz y lo dejaste cabezón con la preguntadera- sobre qué hay detrás de mi Oscuridad.

* * *

Toda la vida he sido muy soñador, muy fantasioso, y siempre mi mejor compañera ha sido mi imaginación. Tal vez por eso es que escribo, para darle salida -cual chimenea de un tren- a toda esa imaginación que amenaza con hacerme explotar si no la libero.

Esa misma imaginación me llevó por caminos muy previsibles, lanzándome a las manos de los juegos de mesa, luego los juegos de video, y por último los juegos de rol. Me lanzó de cabeza a los libros de fantasía, y de ahí a la creación de mundos. Mundos donde jugar, mundos creados con palabras e imágenes, donde mis jugadores, mis lectores, y ahora mi hijo, pueden tomarse un merecido descanso de esta vida que a veces se empeña en gastarte de más.

Y, claro está, todos ustedes saben cómo se inicia la creación de un mundo, de un universo... "En el principio, sólo había Oscuridad"...

* * *

Desde el principio de las civilizaciones, el hombre le ha temido a lo desconocido. Cuando creó dioses que explicaran al Sol, a la Luna, al Trueno y a la Lluvia, decidió que aquellas deidades que representaran a la noche, a las sombras, serían las deidades del mal. Después de todo, quién no le teme a la noche, a lo desconocido, a las sombras que dibujan monstruos en nuestras mentes?

Yo.

Desde muy pequeño interioricé que, de noche, al amparo de la Oscuridad y de las sombras, no hay más monstruos que durante el día. De hecho, te puedo apostar a que si apagas la luz, habrá exactamente lo mismo frente a tí que si la dejas prendida, sólo que serás incapaz de verlo.

Por qué asociar esa incapacidad de ver lo que está frente a tus ojos con el miedo a lo desconocido? Por qué no aprovechar ese descanso dado a la vista, y poner a tu imaginación a trabajar? Por qué no llenar la noche de seres mágicos, pero no perversos?

Y es que la noche, la romántica noche, la plácida noche, la misteriosa noche, es también la mágica noche. Es noche de dríadas y de hadas, noche de cuentos contados alrededor de una fogata o del fuego de una chimenea, noche de estrellas fugaces, de deseos pedidos, y de caricias y besos compartidos. Noche cuyo manto de Oscuridad envuelve las pieles que se tocan, y noche de reposo entre las cálidas sábanas de una cama, de un hogar...

Cómo es posible que alguien, alguna vez, le haya tenido miedo a la noche, miedo a la Oscuridad?

En las casas, las habitaciones más interesantes no son el sótano y el ático? Esas habitaciones cerradas y oscuras, llenas de polvo y de arañas, pero también de recuerdos, de sueños rotos y sueños cumplidos, de símbolos de las esperanzas de otras épocas? Cómo vamos a temerle a esa Oscuridad que envuelve los sueños y los recuerdos?

Decidido a luchar en contra de que esos términos -noche, sombra, negro, Oscuridad- reflejaran al mal y al miedo en nosotros, me volví un acérrimo defensor de todo lo que se relacionara con ello. En mis juegos -incluso desde los tiempos de Lego-, el Caballero Negro era el héroe, y el personaje de la toga negra era quien salvaba el día -para sorpresa eterna de quien jugaba conmigo-. En los juegos de rol, mis personajes siempre vestían de negro, o eran "oscuros", y con pinta de malos, aún siendo más buenos que el pan (y mi raza preferida, por supuesto, son los Drow, los Elfos Oscuros). Vampiros, Súcubos, Ángeles caídos y demás: siempre seres oscuros tratando de sobrevivir con la broma cruel que el destino había cometido con ellos...

* * *

Siempre he sido de la opinión de que el nombre define a la persona. Es una tontería, lo sé, pero a veces pienso que hasta el físico de la persona variará dependiendo del nombre que le coloquen al nacer. Acaso las Patricias, las Saras, las Astrids, no son como son, y no de ninguna otra forma?. Quizás eso tenga un fondo de lógica, si pensamos en la forma en la que el ambiente influye en el individuo, o quizás no, pero lo pienso, ergo lo escribo, y tú lo lees y te lo calas.

El caso es que Oscuridad me da lo que quiero en un nick: misterio, fantasía, magia. Oscuridad representa exactamente lo que quiero que represente: que soy yo quien está aquí, pero como es de noche, no me ves. Que hay una figura frente a tí, hablándote, alejándose o acercándose, mientras tú ves solo formas borrosas y sombras inconexas, que sólo te permiten imaginar la figura que las crea, y que evitan que adivines las intenciones, los deseos, los pensamientos que albergo.

Lo que me pidieron cuando pidieron este escrito fueron los pros y contras de ser "Oscuridad", y aunque he hablado mucho, no he sido tan claro como a lo mejor me lo pidieron. Así que dejaré de lado la poesía en prosa, y hablaré claro, con una lista incompleta pero representativa de ambos:

Los contras:

  • No tiene un género específico.
  • Siempre está ocupado cuando llego a un sitio.
  • Muchos piensan que lo saqué del cómic del mismo nombre.

Los pros:

  • No tiene un género específico.
  • Es misterioso, místico... Al menos en mi enferma mente.
  • Te da buenas opciones para la foto del nick.
  • Queda fino como nombre de personaje de rol, en casi cualquier sistema.
  • Normalmente los personajes con poderes de sombras y Oscuridad, en los animés, son la merma.
  • Suena de pinga en inglés, en español, en portugués... En ruso no.
  • Va con el color negro, que me gusta y me representa.
  • Mucha gente ya lo asocia conmigo.
  • Y me gusta.

Dicho todo lo anterior, si les soy sincero, a veces me fastidia ser Oscuridad. Siempre está ocupado, sean en cuentas de e-mails, sea en juegos on-line, sea en lo que sea. Hasta un personaje de cómic se llama así, con lo que me le quitaron toda originalidad al nick. Es por eso que a veces utilizo Morbridae como nick, un nick igual -o más- oscuro que el original, y mucho menos usado: significa algo así como Sombra Oscura en élfico...

Sin embargo, Oscuridad fué el primero, fué el nick de mis noches de Arcade en la USB, el pseudónimo que usé en mis primeros escritos, el nombre por el que me conocen en ese inexistente pero real reino que es la blogósfera, y tiene muchísimas razones tangenciales por las que me niego a dejar de usarlo, por ser cada vez más correcto: riánse, pero hasta es tan unisex como mi nombre. Les conté de la vez que casi gané el premio femenino de una competencia de bowling?

Sí, cuando te llamas "Gorka", eso pasa más a menudo de lo que quisieras.


La noche se apodera de la ciudad
y nos quedamos tu y yo,
jugando con el hada del amor.
La misma sombra, el mismo viento que ayer
nuestras salivas juntó
hoy no me quiso traer tu canción.

-- Ricardo Cocciante (Sinceridad)

El tiempo se lleva todo, lo quieras o no... El tiempo desnuda todo, y al final sólo queda la oscuridad. Algunas veces encontramos a otras personas en esa oscuridad, y algunas veces los perdemos de nuevo en ella. - Stephen King

domingo, 13 de junio de 2010

Tito el Bárbaro


Tito, el Bárbaro, observó desde la colina donde estaba su choza a las dos bandas de forajidos que se acercaban por el camino. Otras veces las había visto acercarse, y sabía que no presagiaban nada bueno.

Observó con desaliento que una chica, la encargada bonita de la taberna de la esquina, donde su papá le compraba esas bebidas achocolatadas que tanto le gustaban, estaba en el camino hablando con una amiga, y no se había dado cuenta del peligro que corría.

No, eso mejor no. Los bárbaros no toman chocolate. Y, puestos a pensarlo, seguramente sus papás no les compran bebidas. Mejor, que sea "donde Tito acostumbraba a ir a tomar cerveza enana, y a pelear con sus amigos los bárbaros". Eso es lo que hacen los bárbaros...

Tito descolgó su enorme espada de los soportes que había hecho especialmente para ella, usando huesos de dragones que él mismo había matado, y se la colgó en su espalda. Iría a ayudar a la tabernera, y era mejor estar preparado para cualquier eventualidad...

Abrió la puerta de su choza y atravesó corriendo el camino, justo en el momento en el que las dos bandas comenzaban a luchar entre ellas, lanzándose dagas, flechas y hechizos. Tito el Bárbaro esquivó ágilmente las flechas que repiqueteaban a su alrededor mientras se acercaba a la chica, para protegerla. Ya antes había desviado flechas con su espadón, casi casi como lo hacía el malo de El Rey Escorpión.

Le gustaba mucho esa película. Su papá le había dicho que le iba a conseguir otra, en un DVD quemado, que se llamaba Willow. Su papá decía que a él le había gustado mucho cuando la vió, teniendo poco más de la edad de Tito.

Lo que Tito no sabía era que, si bien los espadones pueden parar flechas imaginarias, las espadas de plástico no pueden parar una bala de verdad. Su papá no podría mostrarle la película de la que le había hablado, ni llevarlo de nuevo a tomar chocolate. Esa fué la última pelea de Tito el Bárbaro, una muerte más en una guerra sin fin.


La vida es una tragedia para aquellos que sienten, y una comedia para aquellos que piensan. -- Dicho egipcio

Hemos crecido con la televisión haciéndonos creer que un día seremos millonarios, deidades del cine y estrellas de rock. Pero no lo seremos. -- Fight Club