miércoles, 28 de marzo de 2012

La determinación de un hombre



Sería agradable decir que Morbridae cayó sobre el suelo con la agilidad que le caracterizaba, pero la verdad es que aterrizó toscamente en el mismo, y su cara fue la que llevó la peor parte.  Hay que aclarar sin embargo, en pro de la justicia, que no estaba teniendo uno de sus mejores días, y que sus manos estaban atadas a su espalda.

El Rey Albor lo miró desde su trono de campaña, con el ceño fruncido.  El hombre que estaba en el piso ante él, sangrando por la boca y tosiendo por el polvo que había tragado, había sido encontrado en los alrededores del campamento principal de su ejército.  Claramente, era un espía de esa alimaña rastrera de Creextur.

- Y bien -dijo el soberano-, háblame, basura, antes de que te decapite.  Qué órdenes te dió ese engendro de Creextur?  Espiarnos?  Asesinarme?  HABLA!

Morb se arrodilló a duras penas sobre el sucio suelo de la tienda del rey, y escupió un buche de sangre. - Sirvo tan poco a ese idiota de Creextur como a usted, majestad.  No pertenezco a nadie, ni a Ieud ni a Lavitria, ni le debo nada a nadie.  Soy mi propio dueño, y no vine a su campamento ni a espiarlo ni a asesinarlo, téngalo por seguro.

El rey miró a un lado de la entrada de la tienda, donde Xratos, su mago de cabecera, se encontraba entre las sombras.  El hechicero miró a su rey, e hizo un leve gesto de asentimiento con su cabeza: el reo estaba diciendo la verdad.

Cuando el rey volvió a hablar, lo hizo con un tono menos duro, aunque aún distaba mucho de ser amistoso. - Estás en una zona peligrosa, amigo: zona de guerra.  Y si no eres una alimaña de Creextur, entonces eres un idiota de remate.  Sin embargo, si no eres habitante de Lavitria, no eres enemigo mío.  Al menos -agregó con una pausa teatral- no de inmediato.  Qué demonios haces en esta tierra de nadie?

Morbridae se arriesgó a mirar al rey a la cara, y le contestó: - Vengo a ofrecerle un trato, Rey Albor.  Vengo a ofrecerle una idea que acabará con esta guerra de una vez por todas.  Escúcheme, y le garantizo que para mañana mismo toda pelea se acabará, con el mínimo derramamiento de sangre.

El rey a punto estuvo de morirse de la risa, pero al mirar de reojo a Xratos, y ver que el mago volvía a asentir levemente, sintió que un escalofrío le recorría su columna vertebral.  El extraño quizás estuviera loco, pero el mago le garantizaba que no mentía!

- Qué tienes en mente?  Ayúdame a ganar, y te daré más tesoros de los que imaginas!

- No quiero sus tesoros -contestó Morb, aún en el piso-.  Pero aún así le ayudaré.  Me repugna la matanza innecesaria.  Escúcheme, confíe en mí, y le aseguro que Creextur no será quien salga victorioso de esta guerra.

Otro leve asentimiento de su hechicero terminó de convencer al rey. - Habla.  Qué tienes en mente?

- Un combate ejemplar. -dijo el hombre arrodillado, sonriendo...

* * * 

Hacía poco tiempo que acababa de salir el sol en el campo de batalla, pero ya el astro iluminaba todo el valle.  A un lado, el ejército de Ieud, envuelto en ropajes y estandartes negros y verdes, esperaba.  Al otro lado, el ejército de Lavitria, de colores azul y plateado, esperaba.  Al centro exacto de los dos ejércitos, a unos cincuenta metros de cada una de las líneas enemigas, una tienda abierta por los cuatro lados se levantaba, coronada por una bandera blanca.  En ella estaban los reyes Albor y Creextur, cada uno con su hechicero de confianza y un pequeño séquito, que también esperaba.  En la mesa que estaba en el medio de la tienda, además de los reyes, se encontraba un juez imparcial, Morbridae, terminando de leer el documento que había escrito durante la noche.

- "...de esta forma, los abajo firmantes, representantes cada quien de su patria y bando, nos comprometemos, por nuestro honor, a elegir un campeón que nos represente para que batalle por nosotros, y a aceptar que, al finalizar dicho combate, tanto nosotros como los nuestros respetaremos que el campeón que siga vivo indicará qué bando habrá ganado la guerra.  Todos aquellos cuyo campeón haya muerto, sin importar que sean gobernante o gobernado, jurarán lealtad a aquel cuyo campeón siga vivo, y pondrá sus ejércitos, tierras y tesoros a su disposición, para que los mismos sean manejados como mejor le parezca al ganador...".

Mientras leía, los reyes se miraban con odio.  Había requerido mucho trabajo que Creextur aceptara dialogar con Albor, pero una vez que la reunión se dió, el monarca de Lavitria había aceptado rápidamente la solución del combate ejemplar.  Esta guerra ya le había costado demasiado dinero y soldados, y si seguía más tiempo alejado de sus dominios, su control podía comenzar a tambalearse.

Ambos habían elegido a sus mejores guerreros para representarlos.  El campeón de Ieud era un gigante guerrero sin un solo vello en su cuerpo, venido de las montañas, que luchaba con un enorme hacha doble, mientras que el campeón de Lavitria era un inmenso luchador de piel azabache, nativo de las costas de su país, que luchaba con un extraño tridente.  Ambos medían cerca de dos metros, y tenían los enormes músculos cruzados por numerosas cicatrices, que narraban todas las batallas a las que habían sobrevivido.

Morb levantó la mirada hacia los reyes, observando sus miradas, y dijo con una media sonrisa: - En la antigüedad, eran los propios monarcas quienes luchaban en estos combates.  Dichosos ustedes que tienen la posibilidad de elegir campeones.  Yo, ya ven, soy mi propio campeón.  Supongo que eso es lo maravilloso de ser rey.  Ahora, sus majestades, si por favor sellamos el pacto...

Ambos reyes, uno tras otro, colocaron su firma en el documento; luego se hicieron un leve corte en el pulgar derecho, y lo estamparon sobre su firma.  El documento pareció absorber la sangre, indicativo de que el geas que los hechiceros de ambos países habían lanzado en conjunto sobre el mismo funcionaba: ahora los reyes no estaban solamente atados al pacto por su palabra y por su honor: la magia había sellado el pacto, y si lo incumplían, sus propias vidas estarían en juego.

- Vayan ahora -dijo el recién nombrado juez-, y preparen a su gente.  La batalla comenzará en cinco minutos...

Los gobernantes y representantes de ambos reinos salieron de la tienda, y se dirigieron a sus ejércitos.  En ambos lados, ambos reyes dieron discursos cuya misión era la de levantar la moral de su ejército, y apoyar a sus campeones.  De casi todas las gargantas del valle surgieron gritos de batalla.

Solamente una garganta estaba en silencio: en el centro del valle, donde se realizaría el combate, Morbridae permanecía observando, pensativo, el pergamino del pacto...

* * * 

Los campeones se acercaron lentamente uno al otro, cada uno empuñando su terrible arma, con todos sus músculos en tensión.  Ambos sabían que el futuro de su reino estaba en sus manos, en sus armas, en su habilidad como guerreros.  Eran seres preparados para la lucha, que habían matado incontables veces.

Se hallaban en su elemento.

Moviéndose alrededor estaba Morbridae, aún en su papel de juez.  Mantenía sus espadas desenvainadas, preparado ante cualquier cosa que pasara en la lucha.  Su misión, de cara a todos, era asegurarse de que la misma fuera justa; de cara al Rey Albor, se encargaría de que el campeón de Lavitria no resultada vencedor, pasara lo que pasara...

De acuerdo a una invisible señal, ambos guerreros se abalanzaron uno contra otro.  Las armas chocaron con un estruendo que derribó a los jinetes más cercanos de sus sillas, lanzando chispas que iluminaron el día.  Los golpes siguieron en rápida sucesión, cada uno más terrible que el otro; golpes que podrían haber cortado árboles centenarios de un solo tajo, o haber atravesado montañas de lado a lado.  Sin embargo, los poderosos guerreros paraban y contraatacaban, detenían y volvían al ataque, sin tregua, sin descanso, sin cuartel.

Pasaron minutos, pasaron horas, y el combate continuaba.  El cuerpo de ambos combatientes estaba lleno de heridas que habrían bastado para matar a hombres menos valerosos y poderosos, pero los dos titanes continúaban batallando sin dar muestras de fatiga ni de piedad.  Algunos de los guerreros de ambos ejércitos habían muerto, incapaces de soportar una lucha tan encarnizada aunque no participaran en ella, y otros estaban jurándose que tendrían hijos solamente para poder contarles a sus nietos alguna vez que habían observado esta legendaria batalla...

Sin embargo, al final, todo acaba: ambos guerreros lanzaron un ataque increíble, y ambos hirieron a su objetivo: el tridente del Lavitriano atravesó al montañés por el pecho, mientras que un mandoble espectacular del Ieudiano alcanzó de lleno al costeño en el abdomen.

Ambos guerreros se quedaron inmóviles, mirándose a la cara, en parte sorprendidos por haber sido heridos, y en parte extasiados de haber encontrado un enemigo digno.  Tras unos instantes, el guerrero de piel oscura cayó al suelo, muerto, mientras que el Ieudiano, sacando fuerzas de donde no las había, y aún con el tridente clavado en su pecho, levantó al cielo su hacha, y lanzó un temible grito de guerra.

En ese momento, Morbridae se acercó a él, y por la espalda, le cortó la cabeza, acallando su grito.

El silencio se hizo en el valle por unos instantes, y luego una atronadora cacofonía de voces se alzó al unísono.  Ambos reyes corrieron hacia el centro, seguido de sus magos y consejeros de confianza, mientras que los capitanes de cada ejército trataban de mantener la disciplina para evitar una masacre.

- NO SÉ QUÉ DEMONIOS TE HAS CREÍDO, MEQUETREFE -aulló el Rey Albor-, PERO PAGARÁS POR ESTO!  Y TÚ -gritó dirigiéndose al rey de Lavitria-, ESTE TRAIDOR NO HA CAMBIADO NADA!  YO HE GANADO ESTA PELEA!

- Lamento contradecirlo, señor -dijo Morbridae en voz alta pero calmada-, pero no es así. -con una mano, extendió ante sí el pergamino del pacto, y todos pudieron ver que ahora, en vez de dos firmas, habían tres...

- Firmé y puse mi sangre, y elegí a mi campeón frente a ustedes -indicó Morb, mientras el color se iba del rostro de los que lo escuchaban-, y gané el combate.  Mi campeón (o sea, yo!) sobrevivió a la batalla, y ahora todos ustedes me deben su lealtad y obediencia.

Albor, rojo de ira, se atragantó con sus propias palabras, y desenvainando su espada, se abalanzó hacia Morbridae.  Sin embargo, su hechicero Xratos se interpuso ante él, y lo detuvo colocándole una mano en el hombro.  El rey se giró para matar al mago, pero lo que vió lo detuvo: Xratos, con el rostro lívido y los ojos enrojecidos, llenos de rabia, asentía lentamente mirando al rey.

El traidor no mentía.  El geas estaba activo...

La ira dió paso al asombro, el asombro a la desesperación, y la desesperación a la aceptación...  A regañadientes, con un odio asesino pintado en su rostro, y sin perder de vista al traidor con el pergamino, Albor se arrodilló frente a él.  Lentamente, su séquito hizo lo mismo, y tras ellos, su ejército...

Morb miró a Creextur: el monarca estaba igual de desencajado que Albor, y sus ojos dejaban muy en claro la muerte que deseaba darle a él, a sus hijos, a sus padres, y a todos los que le hubieran conocido.  Pero la magia del geas no era para bromear: él también se arrodilló frente al embustero que lo había embaucado, y toda su nación le imitó.

- No se desesperen, mis fieles -dijo Morb, mientras enrollaba el pergamino del pacto y lo guardaba en su cinto-, que no los ocuparé por mucho tiempo.  Necesitaba un ejército, y ¡maravilla de maravillas!, ahora tengo dos.  El destino quiere que me ayuden en mi camino, pues tengo una ciudad que tomar y un tesoro que encontrar.  Luego de eso, poco más los ocuparé, y podrán volver aquí a matarse como prefieran... quizás.

Morbridae, el rey cuyos dominios iban de las montañas al norte de Ieud hasta las costas al sur de Lavitria, e incluían incluso las tierras baldías que los separaban en el centro -donde, algún día cantarían los bardos, un solo hombre había acabado, con un único golpe de su espada, la sangrienta guerra que por casi dos años había existido entre los dos bandos- alzó los brazos sobre su cabeza, y rió como solo un rey podía hacerlo.

Ahora, podía ir a cumplir su destino.


La lógica solamente le da a un hombre lo que él necesita...  La magia, en cambio, le da lo que él desea. -- Tom Robbins

Yo nunca he sido desvalido.  Es que tengo enemigos poderosos. -- Eragon

Quién vigila a los vigilantes? -- Watchmen