lunes, 8 de diciembre de 2014

Despedidas



Hace alrededor de sesenta años, Europa estaba sufriendo las consecuencias de una de las guerras más sangrientas que se recuerdan.  España, en particular, sufría las de dos de esas guerras, una tras otra.  En ese momento, el imperio español estaba dividido, su economía estaba acabada, y su población estaba desesperada.

Mi abuelo -yo siempre le llamé aitite- me contaba que el hambre durante la época de las guerras era tal, que hasta las plagas que vivían en la Ría de Bilbao se agotaron, porque la gente en su desesperación se las comió.  Me contó de la forma en la que su familia le aplaudió cuando se robó una gallina, y de cómo se la llevó a su hermano mayor, preso en una cárcel en la que ni comida le daban, bajo una lluvia de balas.

Me contó también de la forma en la que, durante la guerra, a él y a una de sus hermanas se los llevaron a Inglaterra.  Qué tan mal debe estar la situación en una guerra para que unos padres se separen de sus hijos, enviándolos a otro país, sin garantía de cómo o quién los recibirían o de si volverían a verlos?

Ese mismo hombre, años después, agarró un barco -dejando solas a su esposa y a su hija de un año- para salir de ese país y llegar a otro, un país desconocido pero lleno de promesas de una mejor vida.

Un país llamado Venezuela.

Hoy en día viajar a otro país consiste en agarrar un avión y estar sentado durante unas cuantas horas, disfrutando del aire acondicionado, mientras te sirven comida recalentada y ves una película.  Al llegar, vas a un apartamento de alquiler, te conectas a la wifi, y hablas por Skype con tu familia, diciéndoles que llegaste bien.  Si eres cuidadoso, incluso sales de tu país con trabajo seguro en el siguiente.

Eso es hoy en día... Hace alrededor de sesenta años, la historia era otra: me imagino que mi aitite se montó en ese barco sin saber si vería de nuevo a su familia, o si sabría algo de ellas alguna vez.  Se montó en ese barco, como decía, y disfrutó de unas condiciones poco mejores que infrahumanas durante seis u ocho semanas, hasta llegar a un puerto en el que no sabía qué encontraría.  Ahí supongo que envió una carta a su esposa en España, y de inmediato buscó trabajo.

Esa carta, en el mejor de los casos, tardaría unas seis u ocho semanas más en desandar el camino hasta la Madre Patria.  Eso quiere decir que desde que mi abuela perdió de vista a su esposo, hasta que supo que llegó a algún lado vivo y bien, pasaron al menos tres o cuatro meses.  Tres o cuatro meses en los que no sabía qué le había pasado al hombre que amaba.

Meses después, ella y su hija de un año y poco lo seguirían, pero a pesar de que esta vez ella sí sabía a dónde iba y qué encontraría, no creo que el viaje haya sido más fácil que el de él.  Como dije, llevaba a una bebé con ella, y si uno o dos meses en un barco pueden ser difíciles, si le agregamos una bebé pequeña -mi mamá, por si aún no lo han sospechado-, pues la situación se pone más difícil.

Poniendo las cosas así, en perspectiva, resulta que irse del país hoy en día no resulta tan difícil.  Aunque claro, la situación no está igual de desesperada.  Pero igual no puedo dejar de pensar que, al menos por honrar a quienes nos dieron la vida, tenemos que ser un poco más valientes, un poco más decididos, y jugarnos algún riesgo en pro de una mejor vida.  Creo que debemos ser merecedores de los sacrificios que hicieron por nosotros.

Ahora, a pesar de lo anterior, las lágrimas aún se escapan. 

Para quien no lo sepa, hace menos de un año uno de mis hermanos se fue del país que nos vió nacer y crecer, y se fue completamente solo a Irlanda, buscando una vida.  Y hace poco más de una semana mi hermano se fue del país que nos vió nacer y crecer, y se fue junto a su esposa a Inglaterra -coincidentalmente, ese mismo país que quizás una vez le salvó la vida a mi aitite y a su hermana, y donde una de sus sobrinas, nacida también aquí, se casó con un inglés y construyó su vida-, buscando una vida.  Y hoy acabo de llegar a mi casa de despedir a un primo, casi otro hermano, que se va con su esposa y sus dos hijos pequeñitos a Chile, a trabajar en un café con su cuñada.

Aún se me escapan las lágrimas, por este país que prometía tanto, y que lo perdió todo.  Aún se me escapan las lágrimas, por mi familia, los seres a los que más amo, a los que quizás no vuelva a ver.  Aún se me escapan las lágrimas, por no saber cómo brindarle a mi hijo la mejor vida que pueda, la que creo que se merece.

Aún se me escapan las lágrimas...

5 comentarios:

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