viernes, 21 de marzo de 2008

John Rambo


El misionero se acercó hacia el hombre que le habían señalado. Varios días de búsqueda parecían a punto de terminar al fin. El individuo en cuestión, musculoso, sucio, con un cuello grueso como el de un toro y movimientos pausados cual oso, se encontraba alimentando serpientes con unos pequeños ratoncillos blancos, salidos de quién sabía dónde en esta tierra alejada de la mano de Dios.

- John Rambo?

El hombre levantó la mirada lentamente. Unos ojos duros, apagados y tristes se dirigieron hacia Michael, aunque éste no supo con certeza si estos lo miraron o sencillamente lo atravesaron ignorándolo. Sin variar su vacía expresión, continuó alimentando a los reptiles.

- Mi nombre es Michael Burnett -continuó el misionero- y represento a un grupo de hombres y mujeres en misión de buena voluntad. Queremos llegar a Burma usando el río, y nos dijeron que nadie lo conoce como usted. Queremos alquilar su barcaza y sus servicios.

Rambo -si es que ese era en verdad el nombre de la persona con la que Michael estaba hablando- no dió muestras de entender lo que se le estaba diciendo. Burnett insistió un par de veces más, hasta que el silencio empecinado de su interlocutor le dió a entender que no sacaría nada de la entrevista. Comenzó a alejarse, pero Sarah, otra de las misioneras, lo interrumpió.

- Deja que hable con él...

Sarah siguió a Rambo hasta su fragua, y comenzó a hablar con él, sin que su silencio la perturbara. Al final, con paciencia y perseverancia, pareció vislumbrar una pequeña hendidura en la coraza del barquero. Poco a poco, éste comenzó a responder a sus frases.

- Burma es zona de guerra. Es un suicidio - dijo Rambo.

- Más bien es un genocidio. Llevamos medicinas, ayuda y esperanza a esas personas. Por favor, ayúdanos. Ayúdame.

- No pueden hacer la diferencia. No cambiarán nada.

- Quizás hayas perdido tu fé en la gente. Pero aún debes tener fé en algo. Debe importarte algo. Quizás no podamos cambiar lo que es. Pero tratar de salvar una vida no es gastar la tuya, verdad? Toda vida es importante.

- Algunas sí, algunas no - sentenció el hombre.

- En verdad? Si todos pensaran como tú, nada cambiaría nunca.

- Nada cambia. Vete y vive tu vida...

- Eso trato de hacer, vivir mi vida. Y es mi decisión vivirla ayudando a los demás... Y solo te pido algo de tu ayuda, algo de tu tiempo, para cambiar la vida de algunas personas que lo necesitan, y hacer la diferencia...

Rambo se quedó observándola en silencio...

Unas horas después, la barcaza se balanceaba lentamente en el río, guiada con mano firme por el barquero, y llevando su carga de misioneros y esperanza a los refugiados. Poco a poco, metro a metro, avanzaron por el río plagado de peligros hasta llegar a la orilla donde el barquero les indicó que debían desembarcar.

Los misioneros se bajaron, uno a uno, sin despedirse, excepto Sarah. Ella caminó hacia Rambo, y mirándole a los ojos, sin decir palabra, le agradeció su ayuda, el exponerse a los peligros para ayudarla a ella y a los refugiados a vivir su vida. Le tocó delicadamente, casi con pena, el musculoso brazo, y deslizó su mano hasta la mano del barquero. Luego, en silencio, se alejó de él, y bajó del bote, rumbo a su destino.

Rambo miró su mano, y vió en ella un crucifijo, el mismo que había visto colgando del cuello de la misionera. Una simple cruz de madera que simbolizaba la fé, la esperanza, y el agradecimiento que la chica le profesaba por haber cedido y haberlos ayudado.

El hombre miró el crucifijo, y cerrando el puño alrededor de él, sonrió.

Claro que aún tenía fé en algo, claro que le importaba algo: el dinero que el comandante le pagaría por los misioneros, y en los buenos momentos que tendría con las prostitutas de Burma. Quizás, con algo de suerte, incluso le dejarían disfrutar un par de horas de la puta rubia que acababa de dejar en la costa.

Con una media sonrisa, abrió la caja que estaba bajo el asiento de la barcaza, y arrojó el crucifijo dentro de ella, junto con su arco, su cuchillo, y un par de docenas de crucifijos, estampitas, y otras idioteces como esas.

Algunas vidas importaban, sobre todo la suya. Sin emitir sonido, cerró la caja, y guió su barcaza río abajo...


Vive por nada, o muere por algo! -- Rambo

Lanzarte sin pensarlo a las llamas del infierno no evitará que otros se quemen. -- Goblins

Las tumbas se abren a cada instante y se cierran para siempre. -- Proverbio Chino