lunes, 21 de julio de 2008

La Garganta del Borracho


La ciudad de N'her, a orillas del Anauroch, despertó un día con la visión de un ejército acampando al otro lado de la Garganta.

N'her era la última ciudad que se podía preciar de tal antes de adentrarse en el infernal desierto. A pesar de su obvia importancia comercial y estratégica, siempre había sido un respiro para los viajeros, sin importar su raza o procedencia, tanto al entrar como al salir del reino de las arenas y el sol perennes. Los viajeros que salían del Anauroch y veían la ciudad al otro lado de la Garganta de N'her -un pasillo entre dos formaciones rocosas, mitad natural y mitad labrado, que era la única entrada a la ciudad, completamente rodeada por sus otros tres lados por escarpadas rocas- no podían evitar sonreír, pues sabían que en pocos minutos estarían bebiendo una fría jarra de cerveza en cualquiera de las numerosas posadas de la ciudad.

Por ello N'her siempre había sido respetada en las numerosas guerras ocurridas en los Reinos. Ninguna facción había levantado su mano contra el oasis que representaba la ciudad, y las únicas guerras que había conocido su gente eran guerras ajenas; batallas a las que iban a luchar por honor y respeto al feudo al que pertenecían.

Como ahora.

Hacía pocos días que los hombres de N'her habían salido a la guerra. Cuando llegó el ejército, solo las mujeres, los niños y los viejos estaban en la ciudad. Y fueron esas mujeres, niños y viejos los que compartieron miradas de duda y preocupación, al ver a los soldados formarse ante su urbe.

El ejército estaba formado por casi mil guerreros a pie, a caballo, arqueros y lanceros. Para muchos grandes reinos, era un ejército irrisorio; para N'her, era un enemigo imbatible.

Los sitiadores no buscaban realmente a N'her. Tenían que atravesar Anauroch para participar en la misma guerra en la que participarían los N'herianos, pero del lado contrario. En situaciones normales, habrían entrado al desierto tratando de no ser vistos desde la ciudad, pero esta no era una de esas situaciones.

Por capricho de los dioses, por razones que no vale la pena contar en esta historia, el ejército no tenía provisiones para atravesar el desierto e ir a cumplir con su deber.

Esperaban tomar esas provisiones de N'her, por la fuerza, al no existir otra opción. Fué por eso que sitiaron la ciudad y, luego de unas cortas negociaciones que habían nacido con la seguridad de morir, atacaron la ciudad.

En N'her -además de las mujeres, niños y viejos- también vivía un borracho. Un antigüo guerrero que en su época había luchado, ganado y perdido, pero que en la actualidad sólo vivía para beber y olvidar. El día del inicio del ataque, el borracho agarró su antigua espada, rota, mellada y sin lustre, y salió de la ciudad con el paso inseguro de quien perdió la batalla contra el alcohol hace mucho tiempo.

En una mano insegura pero decidida, sostenía su espada. En la otra, su botella. Y en el pecho, una razón.

Poco después de la salida del borracho, la Garganta de N'her resonó. Las trompetas marcaron el ataque, y la caballería avanzó, trotando en formación. No era un ataque, pues aún desprotegidas, las murallas y las puertas de N'her eran un obstáculo insalvable para los caballos; realmente era una última demostración de fuerzas antes de que los arqueros -que iban avanzando justo tras ellos- iniciaran su ataque: flechas incendiarias caerían sobre la ciudad si sus habitantes no abrían sus puertas al avance de los caballeros.

El borracho se situó junto a una gran piedra que los mineros que abrieron la Garganta habían respetado. Decían que su figura representaba la libertad y la seguridad de la ciudad, aunque para muchos sólo era la prueba de que incluso los mejores artistas de la piedra tenían a veces caprichos, o momentos de mal gusto. Sin nada en qué ocupar su mente, esperó tratando de no desesperar. Una muda plegaria llenó su confuso cerebro.

"Señora, -se dirigió a una diosa desconocida- no tengo nada que ofrecerte. Mi vida no vale nada, y realmente no me importa perderla, por lo que no te insultaré ofreciéndotela. Pero no quiero que N'her caiga, y todo lo que queda para defenderla es que el cable sirva. Por favor, haz que no falle, y te pagaré con lo único que aún tiene alguna importancia para mí".

La distancia se redujo. Los caballeros, seguidos de los arqueros, llegaron a la mitad de la garganta, y luego a las tres cuartas partes del recorrido... A la cabeza, algunos caballeros con estandartes -con seguridad capitanes reconocidos, a quienes se les había reservado el dudoso honor de entrar a la cabeza de la columna de vencedores- confiaban en que los habitantes de la ciudad abrieran las puertas y los dejaran abastecerse, pues a pesar de estar dispuestos a acabar con la ciudad, no les agradaba tener que matar a ciudadanos indefensos.

Cruzaron la línea -imaginaria pero tan real como la vida y la muerte- que señalaba el alcance de las flechas de ambos bandos. Sin apenas esperar, unas tímidas saetas provenientes de la ciudad cayeron sobre los atacantes, indicando que la ciudad no se rendiría. Los caballeros se detuvieron y se protegieron con sus escudos; algunos gritos -y relinchos- de dolor se extendieron entre sus filas, pero fueron tan pocos que sólo sirvieron para preocupar más a los defensores.

Los arqueros del bando atacante colocaron las flechas en sus arcos y atacaron los muros con preocupante efectividad: gritos de dolor se escucharon desde la ciudad. Incluso algunos arqueros trataron de hacer blanco sobre el borracho, a quien la piedra protegió de una muerte segura.

Mientras algunos arqueros mantenían a los defensores a raya, el grueso del grupo encendió flechas untadas en brea, que serían las encargadas de conseguir la primera de sus victorias en esta guerra no buscada.

Esa fué la señal del borracho. Sabiendo que no había otra solución, cortó una gruesa cuerda que estaba a sus pies, en la roca, disimulada con gran habilidad por aquellos artistas olvidados que dieron nacimiento a la ciudad. Hubiera deseado que hubiera sido un corte limpio, elegante, digno de la historia que podría cantar un bardo, pero en realidad tuvo que dar varios golpes hasta que la espada abrió camino a través de la vieja pero resistente soga.

Al instante se escuchó una nota discordante, y luego un estruendo que recorrió la Garganta, desde la ciudad hasta la salida, como si miles de fantasmas clamaran por venganza a sus asesinos.

Ante la mirada asombrada de ambos bandos, las paredes de roca se desconcharon en línea recta, más o menos a un metro de separación del piso...

Un cable, una soga de casi cinco centímetros de diámetro, entretejida por cientos de hilillos del mejor metal que pudieron conseguir los habitantes de N'her hace una decena de años, se tensó al liberarse los contrapesos que lo mantenían en su sitio. Era una de las mayores obras de arte de la ingeniería en esa parte de los Reinos, y había sido celosa y prudentemente mantenida en secreto por aquellos habitantes que conocían de su existencia.

El cable, saliendo de ambas paredes de roca, se disparó a toda velocidad desde poco más allá de la piedra del borracho, barriendo la Garganta de principio a fin. Carne y huesos, hombres y caballos, armas y armaduras, acero y cuero, todo se destrozó al paso del cable.

Los primeros soldados vieron el cable avanzando a toda velocidad hacia ellos, y algunos reaccionaron lo bastante rápido como para tratar de huír, pero los otros caballeros, y los arqueros entre ellos, dificultaron su maniobra. Los pocos que pudieron iniciar una carga desesperada en dirección a la salida empujaron y hasta pisotearon a sus camaradas, en un intento inútil de salvar la vida. Los más ágiles se lanzaron pecho a tierra, prefiriendo tratar de evitar ser aplastados por su propio ejército, sabiendo que no le ganarían al cable.

La mayoría de los soldados ni siquiera se enteraron de qué ocurrió...

Cuando el ruido y la sangre terminaron de posarse en el suelo de la Garganta, los espectadores vieron un espectáculo terrible, pero que hizo que un grito de júbilo saliera de la garganta y el corazón de cada habitante de N'her: cientos de destrozados cuerpos de soldados enemigos cubrían el terreno. La mayoría de los sobrevivientes, solos o cargando a algún herido, huyeron tan rápido como pudieron hacia la salida de la Garganta. Los pocos arqueros que, confundidos pero recordando su misión inicial, trataron de atacar la ciudad, murieron prontamente ante las flechas de los defensores, que con facilidad apagaron los pocos fuegos que los atacantes lograron encender. Pronto, sólo el borracho, con las piernas temblorosas por lo que había hecho, y ocupado en darle rápido final a los heridos con su arma, conservaba su vida en la Garganta de N'her...

Antes de que pasara una hora, una solitaria figura a caballo se adentró por el pasaje. Su trabajada armadura y el estandarte que portaba inidicaban que era el comandante del ejército. Recorrió al trote, bajo la espectación de ambos frentes, toda la distancia que lo separaba de la ciudad, hasta quedar a una decena de metros del borracho que, aún, se apoyaba en la roca.

El caballero se quitó el casco, mostrando una figura con las sienes encanecidas, pero con porte que demostraba que era líder de hombres. Sin bajarse del caballo, miró al borracho, luego a las paredes, y por último a los cuerpos de sus soldados caídos.

"Una trampa aterradora", dijo con frialdad.

"Pero eficaz" arrastró las sílabas el borracho. "Situaciones desesperadas requieren soluciones desesperadas, mi señor", agregó, mientras se acercaba al caballero, espada y botella en mano.

"Aún sabiendo que existe, no tenemos forma de saber si hay o no más monstruosidades como esa en el pasaje. Jamás, en todos mis años de guerra, había visto algo tan monstruoso... Y efectivo".

"Gracias, creo", dijo con voz pastosa el hombre a pie. "Gusta?" dijo, mientras le tendía la botella al oficial.

"Sí. Nunca he necesitado un trago tanto como hoy", indicó con la cara descompuesta el caballero. Se estiró hasta agarrar la botella de entre las manos del borracho, y tomó un largo trago de su contenido. Una mueca de deformó su rostro, al sentir que el alcohol quemaba su gaznate, pero luego de pasado el calor, tomó un segundo trago.

Al ir a devolverle la botella a su oponente, el ser insignificante que había sido la mano del destino, la espada que había acabado con sus esperanzas de poder cruzar el desierto, éste negó con la cabeza, y no aceptó la oferta. "Gracias", dijo con una mueca que pretendió ser una sonrisa, "pero llévesela. Acabo de dejar el vicio".

El soldado lo miró un momento más, luego levantó su mirada hasta la gente que estaba asomada en el borde de los muros, y sin decir palabra, hizo que su caballo se volteara y comenzara a trotar en dirección a la salida de la garganta rocosa por la que había entrado sólo minutos antes.

Nunca, durante el resto de su vida, olvidaría aquel día. El día en que falló a su compromiso de unirse al ejército de su feudo; el día en que una ciudad sin soldados se resistió a su avance; el día en que un borrachín acabó con gran parte de su ejército.

El día en que recorrió la Garganta de N'her como un guerrero derrotado, sintiendo que había perdido su última batalla antes de comenzarla, mientras los gritos de alegría de los habitantes de N'her resonaban en sus tímpanos, llenándolo todo...


No necesito amigos, y mucho menos enemigos. -- Slag (Dinobot)

Los héroes se encuentran siempre en ambos lados de una guerra.

Más vale morir de pie, que vivir de rodillas. -- Dolores Ibarruri, "La Pasionaria"

2 comentarios:

O.K. dijo...

Excelente relato. Me recordó a una frase del Sun Tzu qie decía algo como: No vayas a la guerra contando sólo con los números. La fuerza bruta no siempre gana la batalla.

WilliamDargates dijo...

Muy interesante tu blog y tu relato, yo tambien poseo uno llamado La Antesala al portal oscuro, me he tomado la libertad de poner allí tu vinculo, espero que no te moleste. Revisare más seguido tu seccion de Rol. XDd Saludos... es un placer ver a otro Venezolano interesado en el rol