lunes, 19 de enero de 2009

Escape


Cuando al fin llegamos al final de la línea, el miedo ya se palpaba en el aire.

Habían sido necesarias horas para poder avanzar solamente algunos cientos de metros de personas formadas, y se había visto un poco de todo: desmayos, ataques, insultos y peleas. Los militares colocados a todo lo largo de la línea hacían todo lo posible por mantener el orden, llegando incluso a usar la fuerza si era necesario, pero con la cercanía de la horda ese era un trabajo que se dificultaba a cada segundo, rayando ya en lo imposible.

Cruzamos el portón con paso apresurado, felices de haber por fin entrado a las instalaciones de lanzamiento. Adentro, los cohetes esperaban a sus tripulantes para ser lanzados en busca de una nueva esperanza para la raza humana. Si le hacíamos caso a los rumores que había escuchado en la fila, probablemente no daría tiempo para que se llenaran todos ellos.

Seguí a los muchachos en ruta hacia la nave que nos correspondía. David iba de primero, siempre con el pequeño Roberto a caballito sobre él; era David quien poseía el salvoconducto que nos permitiría entrar en el vehículo que, esperábamos, nos llevara a nuestra posible y desconocida libertad. David era una de las personas más inteligentes y capaces que conocía, y era por ello que -quienes quiera que se habían encargado de seleccionar a dedo quién moriría y quién quizás viviría- le habían dado el salvoconducto para él y su gente.

Tras él iba su hermano menor, Enrique. Conocía a Kike desde que era poco más que un bebé, y con el tiempo había llegado a ser también casi un hermano para mí... o un cuñado. David y yo teníamos nuestra historia -o casi la tuvimos- y nunca habíamos logrado olvidarnos realmente. Nunca supe ni lo que yo misma sentía, si éramos amigos o algo más, pero David sí que lo sabía, y por eso me había ido a buscar, hacía un par de días, para que compartiera con él la oportunidad de vivir.

Cerrando el grupo iba yo, con la pequeña Patricia en mis brazos. Ella era realmente la razón de que hubiera aceptado venir con el grupo, dejando a mi esposo con el corazón destrozado e ilusionado a la vez en nuestro hogar... Su destino estaba claro, pero nuestra bebé tendría una opción de sobrevivir.

Con los ojos anegados en lágrimas, continué por el camino que me alejaba cada vez más de él, y me acercaba al futuro.

Cuando llegamos al pie de la nave, David le dió un beso a Roberto, y se lo pasó a Kike para que lo sostuviera, mientras él iba a hablar con el militar que haría el último chequeo a nuestro salvoconducto. Tras unos minutos de charla, en los que el militar dirigió su mirada hacia nosotros varias veces, para devolverla de inmediato al documento, David se acercó a nosotros, y nos indicó el elevador. Llenos de esperanza, nos dirigimos al aparato.

Lo abordamos Kike y yo, con los niños en nuestros brazos, pero David se quedó afuera hablando con el militar. Hoy lo pienso, y me digo a mí misma que me debí dar cuenta de que algo no iba como debería, que David tenía la cara triste y los ojos enrojecidos, pero estaba tan alegre de haber entrado que sencillamente no lo noté. Kike, en cambio, conocía mejor a su hermano; dejando a Roberto en el ascensor, y con la preocupación dibujada en su rostro, hizo ademán de salir del ascensor, sin apartar los ojos de David.

En dos pasos, David llegó al ascensor, y antes de que nadie pudiera hacer nada, estampó un sólido golpe en el abdomen de su hermano, que reculó y cayó de vuelta al ascensor, boqueando mientras trataba de vencer el ahogo y el dolor.

Las puertas de cristal blindado del ascensor se cerraron, brindándome una dolorosa imagen de despedida, una imagen de David que aún hoy en día me acompaña en mis sueños y pesadillas: me aventó un beso con su mano, y le dió una larga mirada a su hermano y a su hijo, mientras las lágrimas por fin brotaban de su corazón, y una frase que nadie escuchó salía de sus labios.

El ascensor comenzó a subir mientras Kike golpeaba sus puertas con toda la fuerza que podía, gritándole a su hermano. Antes de entrar a la nave vimos a lo lejos como la horda se acercaba sin que los militares fuera de la base pudieran detenerlos. A nuestros pies, los militares le entregaron armas a los civiles, incluyendo a David, y cerraron los accesos a las naves y las entradas a la base.

Se preparaban para hacer un último y desesperado -y seguramente inútil- intento de defensa, para comprarles un poco más de tiempo a las naves para que despegaran. Fuimos los últimos en abordar nuestro trasbordador, y unos de los últimos en despegar de la base. En muchos sitios de la Tierra, antes o después, la escena se repitió miles de veces, hasta que la raza humana perdió por completo el planeta.

Hoy en dia vivimos en la colonia Sigma 17. Roberto ya tiene 10 años, y Patty es toda una señorita, con solo unos meses menos. Kike y yo vivimos juntos, como hermanos. Ni él ni yo hemos pensado en buscar a alguien para formar una familia, aunque cada quien por sus propias razones...

Aún nuestra raza no se ha organizado lo suficiente como para pensar en recuperar nuestro planeta, y sinceramente no estoy segura de que algún día se intente: quizás es mejor dejar el pasado atrás, y reconocer que lo perdido perdido está, en lugar de gastar más vidas valiosas persiguiendo quimeras.

Sé que David no pudo haber escapado, pero aún lo espero. Porque le debo mi vida, porque le debo la de mi hija, porque me dió un hermano y otro hijo, porque dió su vida por nosotros, porque nos llevó hasta la base a sabiendas de que su salvoconducto sólo era válido para dos adultos, y porque hoy en día -tarde- sé que sí era para mí más que un amigo.

Como ven, yo tampoco puedo aceptar las pérdidas...


Soy el mejor en lo que hago, pero lo que hago no es muy agradable, entiendes? -- Wolverine

No pidas perdón por lo que Eres...
Pide perdón por lo que no serás...

-- Contigo o sin tí

Por unos días no quiero ser yo. En las últimas horas me ha ido mal interpretándome y ante tan opaca performance es saludable tomar un receso, un break, un intermedio como en el teatro. Quizá me ocurre lo que le ocurría al escritor argentino Osvaldo Soriano: quizá ya estoy cansado de llevarme puesto. -- Busco Novia (El escape infructuoso)