lunes, 2 de febrero de 2009

Resident Evil: Omega


Alice se incorporó lentamente, observando con cuidado sus alrededores. Sus músculos ardían por la tensión y el esfuerzo al que había estado sometida, pero aparte de eso se encontraba perfectamente: la sangre que salpicaba todo su cuerpo no era de ella.

El suelo que la rodeaba estaba sembrado de cadáveres putrefactos. Manos, pies, sangre y vísceras decoraban las paredes hasta donde alcanzaba su vista... Pensó con dolor que los nervios jugaban malas bromas a veces: no recordaba haber matado a todos esos infectados.

Aunque "matado" no era la palabra correcta...

Un virus se había liberado -por accidente?- dentro de las instalaciones de investigación a las que pertenecía, convirtiendo a todos aquellos infectados en especies de zombies, cuerpos animados que sólo pensaban en cubrir las necesidades más básicas de sus organismos -como comer-, meras sombras de lo que una vez fueron.

Alice, una de las pocas supervivientes, llevaba horas tratando de escapar de las instalaciones. Había tenido que "matar" -sigamos usando la palabra, a falta de otra mejor- a verios de sus amigos y colegas, gente que conocía desde hace años. También se había enfrentado a perros muertos, y criaturas más asquerosas aún.

Mientras avanzaba buscando una vía de escape, vió la tapa de la alcantarilla. Había corrido por pasillos, atravesado puertas, colgado de tubos de aire acondicionado, reptado por ductos, y todo ello con zombies pisando sus talones... Qué más necesitaba soportar?

Obviamente, las alcantarillas.

Levantó lo más silenciosamente que pudo la pesada tapa, e introdujo su cuerpo en la abertura. Una nube de mosquitos, o algún otro insecto, salió de la abertura en busca -estaba segura- de mejores olores. Ignorando sus picaduras, volvió a colocar la tapa en su sitio, y saltó hacia la oscuridad.

Mientras avanzaba con sus pies chapoteando en los desechos de la instalación, Alice no podía dejar de escuchar los gritos -algunos seguramente de zombies, otros inequívocamente de personas normales como ella- de las criaturas que deambulaban sobre su cabeza. Rezando interiormente para no haber errado su camino, y para no encontrarse con algún cocodrilo zombie, Alice siguió su loca carrera por las alcantarillas.

Tras deambular en la oscuridad por lo que parecieron horas, se arriesgó a subir las escaleras a otra alcantarilla, y se vió recompensada con verse cerca de una de las salidas del complejo. Sin perder el aplomo, y aún cerciorándose de que cada paso que diera no la dirigiera de cabeza a un callejón sin salida o a una trampa de los infectados, Alice recorrió los pocos pasillos que la separaban de su libertad.

Cuando al fin llegó a la salida, se detuvo un momento al lado del controlador de la compuerta. Por muchas ganas que tuviera de salir, no podía permitir que los infectados la siguieran al mundo exterior. Luego de presionar algunos botones, una alarma comenzó a sonar, indicando que el laboratorio se cerraría, siguiendo el protocolo de seguridad. Con una última mirada a los horrores que dejaba tras de sí, Alice caminó los pocos peldaños que la separaban de la libertad.

Pesadamente, la compuerta se cerró tras ella.

Alice se permitió una leve sonrisa, mientras la luz del sol acariciaba su piel.

Un leve escalofrío recorrió su cuerpo, justo antes de que el dolor la atenazara. Su pecho se comprimió dolorosamente, dejándola sin aliento, mientras terribles espasmos recorrían sus extremidades.

Se apoyó contra el muro que rodeaba la compuerta, jadeando. Qué era esto que sentía? Los síntomas de la transformación? Eso era imposible, pues ningún infectado la había mordido, o siquiera arañado. Nada había tocado su sangre...

O casi nada. Con desmayo, recordó los mosquitos que la habían picado

El cinismo, el humor negro de la situación, la hizo reír y llorar al mismo tiempo... Mientras un frío punzante se extendía por sus miembros, se arrastró de vuelta a la compuerta, golpeándola desesperadamente. Tanto esfuerzo para salir, cuando realmente debió haberse quedado adentro.

Afuera, era el ser más peligroso que existía. Una amenaza para la vida, para el mundo entero... Sin dudarlo, agarró firmemente su pistola, y la apuntó a su sien. Mientras una lágrima resbalaba por su mejilla, presionó el gatillo...

Sólo un insípido "click" resonó en el silencio de la mañana. En ese momento se dejó resbalar hasta el piso, sollozando quedamente, dejando que la pistola resbalara de entre sus dedos. Había perdido...

Y entonces sintió el hambre...


Resultas agarrado, vuelto puré, aplastado, y tragado. Estás muerto, muerto, muerto. Alguna pregunta? -- Munchkin

Según algunos estudios realizados por neurólogos y científicos americanos el amor no se registra como un sentimiento tal y como lo hace el odio o la alegría, sino como una necesidad, es decir, se presenta de manera muy similar en el cerebro a como lo hace el hambre.