miércoles, 6 de agosto de 2008

Un día cualquiera


Reptas por entre la hierba buscando sustento. "Come come come" es lo único que retumba en tu interior, quizás con la excepción de "Reprodúcete", desde el momento en que naciste. Esquivas obstáculos y trepas plantas hasta alcanzar las hojas más sabrosas, las que te vuelven gordo y saludable.

En un instante tu mundo se pone cabeza abajo. El suelo se aleja de tí e intercambia posiciones con el cielo, omnipresente desconocido hasta entonces. Todo gira alrededor de tí, mientras que un dolor sordo se origina en la mitad de tu cuerpo y se expande hacia ambos lados.

Mueves tu cuerpo como puedes hasta ver lo que pasó: estás atrapado entre dos placas que surgen de una cabeza más grande que tú. Un ojo negro como noche sin luna está al alcance de tu cabeza, mirando sin ver hacia algún lado.

El movimiento aumenta el dolor, y te das cuenta de que un líquido verdoso se escapa de tu interior. Sabes de alguna forma que ese líquido asqueroso es tu vida, tu sangre, tu esperanza, y miras con desesperación la forma en la que, gota a gota, escapa de tí y cae en dirección al lejano y olvidado suelo.

Sientes que el vuelo pierde velocidad, y a lo lejos ves lo que será tu destino. Gritos llenos de frenesí colman el aire. Y tú, inocentemente aún, no aciertas sino a preguntarte a qué se deberá tal alboroto, tamaña algarabía. Por un momento, hasta te alegras de que te hayan traído.

Ves un desorden de ramas, hojas y plumas. En medio de todo eso, tres feas cabezas asoman, con placas y ojos similares a la que te lleva, pero mucho más pequeñas. Esas cabezas son las culpables de la fiesta que escuchas, piando ansiosas, dirigiendo sus miradas desesperadas a tí.

El vuelo se acaba de golpe, y los chillidos de las cabezas alcanzan un clamor infernal que ensordece tu confundida mente. Sientes como las placas se separan y caes hacia el suelo, contento de que te haya soltado tu captor, y deseoso de investigar el misterio de las cabezas chillonas.

Pero no llegas al suelo: dos picos te alcanzan en el aire, mientras el tercero llora con desespero su falta de puntería. Sientes como tu cuerpo se estira hasta el límite, y finalmente cede. Tu piel se rasga con un dolor como no habías conocido antes; tu sangre sale una vez más, pero no en lentas gotas esta vez, sino en una explosión; tus órganos internos se desparraman por los aires hasta detenerse de golpe entre las ramas y las hojas que forran el piso del nido.

Tu cuerpo se parte por la mitad, tu cabeza a un lado, tu cola al otro. Aún sigues vivo cuando te deslizas por la garganta, húmeda y cálida, del pájaro que te acaba de comer. La oscuridad llena tus sentidos hasta que chocas con un líquido que se pega a tu destrozado cuerpo y comienza a quemarlo, a disolverlo, a digerirlo.

Mueres.

En el nido, la madre vuelve a iniciar el vuelo, en la busca de otro gusano que sirva de alimento a sus polluelos, que quizás sirvan algún día de alimento a otro animal superior.


Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón. -- Javier

La Democracia son dos lobos y una oveja votando cuál será la cena. La Libertad es la oveja, armada, impugnando el resultado. -- Benjamin Franklin

Un ciego, de pie en medio de un desierto llano, se queja de no poder avanzar porque no encuentra obstáculos que lo guíen. -- Fantasía (Puntos de "vista")