domingo, 5 de octubre de 2008

Los Señores de la Noche


- Sal, maldito chupasangre!

El grito retumbó por los pasillos de la base. Incluso aquellos de nosotros sin sentidos desarrollados escucharon el alarido, retumbando y reverberando por las paredes de metal.

Con los reflejos ganados por incontables entrenamientos, entramos en acción de inmediato: algunos cambiamos de forma a medida que avanzábamos, ganando velocidad mientras lo hacíamos; otros hicieron insubstancial su forma, y atravesaron las paredes; todos nos dirigimos hacia la entrada, a enfrentar a quien fuera lo bastante tonto para amenazarnos.

Al llegar, los más valientes nos detuvimos en seco. Los demás huyeron de regreso sobre sus pasos, presas de un terror incontrolable.

Desde mi privilegiada y peligrosa posición en primera fila, observaba asombrado al gran garou que estaba aullando retos e insultos justo fuera del área protegida.

Era casi el doble de grande que los demás licántropos en su grupo, y el espeso y sucio vello negro que cubría casi todo su cuerpo apenas lograba disimular sus músculos. Sus brazos eran casi tan largos y gruesos como un humano adulto, y estaban terminados en gruesas y brillantes uñas, tan negras como la noche. Unos blanquísimos dientes asomaban de entre sus fauces, y un único ojo, rojo como la sangre, relucía desde su rostro. Una blanca cicatriz de un palmo de largo, recuerdo seguro de alguna batalla, adornaba el hueco donde debió haber estado el otro ojo.

Los demás licántropos, mucho más pequeños pero no por ello menos mortíferos, se encontraban un poco más atrás. De las fauces de algunos goteaba una saliva sanguinolenta, mientras que gordas moscas se cebaban entre las sucias cerdas de otros.

Sólo una figura estaba junto al garou negro: una chica que aparentaba no más de quince o dieciséis años se encontraba, sangrante, a sus pies. Uno de sus ojos estaba cerrado por un hematoma, y su brazo izquierdo se hallaba doblado en un ángulo antinatural bajo su cuerpo.

- SAAAAAL!

El aullido heló la sangre en nuestras venas. No sabíamos si, aún batallando todos juntos, podríamos con ese cazador.

A pesar de que siento miedo como cualquier otro, nunca he dejado que mi terror me nuble el juicio o los sentidos, por lo que pueden creerme: en un momento no estaba ahí, y al siguiente se encontraba entre nosotros, como si siempre hubiera estado en la misma posición. Su cabello, lacio y negro, caía despeinado y desigual hasta tocar la piel, de un blanco inhumano, de su cuello. Sus ojos, completamente negros, sin un iris visible, miraban fijamente al garou negro.

A pesar de que ninguno de nosotros vió cambiar su expresión ni un ápice, todos pudimos sentir su ira como algo material, tangible, que nos rodeaba y ahogaba. De forma tan grácil que apenas lo vimos moverse, se acercó paso a paso a la puerta del edificio.

Al llegar al borde del pasillo de salida, se detuvo. Unos centímetros más allá, el sol del mediodía calentaba el ambiente.

Para cualquier vampiro, poner un pie fuera de las sombras en ese momento del día era una muerte segura, rápida y dolorosa. Todos lo sabíamos: nosotros, él, y sobre todo el hombre-lobo que lo esperaba afuera.

- Y bien, sanguijuela? -gruñó el garou- No vas a salir? No vas a venir a saludarme? No quieres terminar tu trabajo? -dijo mientras señalaba la cicatriz en su rostro.

El vampiro lo miró fijamente. Sólo el ceño ligeramente fruncido, y un fuerte tono rojizo en su aura, revelaban la ira que rugía en su interior.

- Suéltala -dijo con voz pausada.

El cuerpo del licántropo se sacudió visiblemente por las carcajadas que salieron de su hocico.

- Crees que tus trucos de feria barata me afectarán, idiota? -aulló- Estoy más allá de tu rango, y mucho más de día. Ahora, sal...!

Al momento, una nube negra comenzó a formarse entre la puerta del edificio y el lugar donde el garou esperaba al vampiro. Sin embargo, antes de agarrar consistencia, la misma comenzó a disolverse.

- Ya no diviertes, cadáver... Es de día, y sabes que tus poderes se pierden con el sol. No me hagas esperar más, o tu noviecita no estará aquí cuando llegues.

El garou agarró la cabeza de su cautiva con una de sus inmensas garras, y comenzó a apretar. La chica se las arregló para no emitir ninguna queja, pero el dolor se reflejó en su hermosa cara, y unas líneas de sangre comenzaron a fluir de sus ojos y oídos.

Los dos adversarios, criaturas fenomenales, se miraron sin decir palabra. Al final, el vampiro avanzó.

Al instante en el que su pierna fué tocada por la luz del sol, un espeso humo comenzó a surgir de la misma. Sin embargo, el vampiro continuó avanzando hacia su retador, quitándose el sobretodo y arrojándolo a un lado mientras avanzaba.

Pronto todo su cuerpo estaba cubierto de una capa de humo. Su cabello comenzó a deshacerse hasta desaparecer por completo, y su piel se resecó hasta quedar como un pergamino. Aún así, su expresión no varió. Siguió avanzando hacia el garou, a paso cada vez más rápido, mientras unas garras negras surgían de sus extremidades. Abrió la boca mostrando sus colmillos, mientras su piel se cuarteaba y se caía, y se abalanzó sobre su rival.

El garou lanzó a la chica hacia un lado como quien se deshace de un estorbo, y de un brinco cubrió la distancia que lo separaba del vampiro. Ambos cuerpos chocaron con brutalidad en el aire, y al instante los gritos de la batalla llenaron el aire, y la sangre de los guerreros cubrió el pasto bajo ellos.

Las garras de ambas criaturas abrían en la carne de su enemigo surcos que se cerraban casi al instante. Poco a poco la velocidad de los combatientes aumentó, e incluso a los más poderosos de nosotros nos costó seguir el desarrollo de la batalla: la mayoría sólo logró ver unas figuras borrosas, distorsionadas aún más por el humo que antes había sido la piel del vampiro.

En ese momento, caí en cuenta: qué edad tendría el vampiro que estaba batallando ante mí, para haber soportado por tanto tiempo el ataque combinado del licántropo y del sol?

En ese momento la batalla llegó a su fin... El vampiro se lanzó de lleno hacia el garou negro, dejando su pecho descubierto, y el hombre-lobo no desaprovechó la ocasión: lanzó con furia sus garras hacia el vampiro, y atravesó de lleno su pecho. Sus largos dedos asomaron por la espalda del vampiro.

Pero ningún corazón fué despedazado. Ningún corazón estaba ya en ese pecho...

El vampiro usó una de sus manos para ladear la cabeza del garou de un fortísimo golpe, y con la otra forzó a ambos cuerpos a acercarse; los brazos del garou se hundieron más en el cuerpo del vampiro, arrancando más de la poca carne que le quedaba.

En el momento en el que ambos pechos se tocaron, el vampiro hundió sus colmillos en el enorme cuello de su enemigo.

El combate se paralizó de repente: ambos guerreros estaban trabados en un abrazo mortal. Sus músculos temblaban debido a la tensión a la que estaban sometidos, pero ninguno de los dos lograba vencer el agarre del otro.

De repente, una de las rodillas del garou cedió bajo su peso. Sus brazos parecieron perder fortaleza y grosor, y el vello que cubría su cuerpo se apelmazó y comenzó a encanecer. La falta de sangre había comenzado a debilitarlo...

Ambas criaturas -ahora sólo poco más que esqueletos- usaban las últimas fuerzas que les quedaban para mantener su agarre, sabiendo que el primero que flaqueara moriría. Cayeron al suelo, uno sobre el otro, y quedaron inmóviles... Unos momentos después, el cuerpo del vampiro se incendió.

Ambos bandos de espectadores quedamos como congelados, sin saber qué hacer... Sólo la chica se movió: corrió hacia el sobretodo que el vampiro se había quitado, y con él comenzó a apagar el fuego que cubría los cadáveres. Nadie la ayudó en su inútil intento, pero su movimiento nos sacó de nuestro ensimismamiento: los licántropos comenzaron a alejarse, sin mirar hacia atrás, y la mayoría de nosotros los imitó, adentrándose de nuevo en la relativa seguridad de nuestra base.

Pocos éramos los espectadores que quedábamos cuando el vampiro se levantó de entre sus cenizas.

Un esqueleto negruzco, con jirones de piel y algunos tendones que aún se aferraban con tenacidad a los huesos, se alzaba ante nosotros. Su piel había sido completamente consumida por el sol y el fuego, pero su voluntad antinatural aún daba vida a su cuerpo...

El esqueleto miró a la chica, que estaba arrodillada ante él, sin poder levantarse ya por sus heridas. La cargó sin esfuerzo, y comenzó a avanzar cojeando hacia la entrada del complejo. Lentamente le abrimos paso mientras entraba a la seguridad de las sombras del edificio. Las cuencas de sus ojos apuntaron en mi dirección, y los humeantes huesos de sus brazos se estiraron hacia mí, crujiendo al acercarme el cuerpo de la chica.

Una sola palabra, Cuídala, resonó en mi cabeza. A pesar de no sentir ni una pizca de amenaza, en seguida supe que era una orden que no osaría desobedecer. Sostuve a la muchacha en mis brazos al mismo tiempo que le hice una señal afirmativa con la cabeza al vampiro.

Sin apenas detenerse, el ennegrecido esqueleto se adentró cojeando hacia el interior del edificio, sin que ninguno de nosotros acertara a proferir ni una sílaba; sabíamos que habíamos visto el final de una guerra de la que sólo podíamos imaginar el inicio, y de la que nunca sabríamos ningún otro detalle, nunca desvelaríamos ningún otro secreto.

Lentamente nos adentramos en el edificio, mientras las puertas se volvían a cerrar a nuestras espaldas...


[En relación a unos jeroglificos egipcios] Qué? Soy el único que puede leer palabras escritas en una piedra? Demonios, me siento viejo... -- Lazos de Sangre (Blood Ties)

Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. -- Albert Einstein

In Absentia Luci, Tenebrae Vincunt. -- Hellboy

7 comentarios:

moni dijo...

Bueno, sali tarde al trabajo por estar leyendote, coño, me gusto mucho,

Oscuridad dijo...

Me alegro muchísimo! :D

moni dijo...

El que haya llegado tarde o el que me haya gustado?

Oscuridad dijo...

Ambas... ;)

darkblue_unicorn dijo...

Cuándo jugamos???? ;)

moni dijo...

Malvado!

Trustno1 dijo...

Ta gueno... Vampire, cuando?