jueves, 25 de diciembre de 2008

El sentido de la Navidad


Hace algún tiempo, cuando aún era estudiante, normalmente hacía el grueso de mis compras de Navidad en una sola salida. Iba solo, o con algún amigo o mi hermano, y una lista prefabricada, e iba comprando y tachando, hasta que en un solo día salía de todos los compromisos.

Luego, cuando comencé a tener otros compromisos, como el trabajo o la pareja, se me comenzó a complicar un poco las compras, pues siempre había algo más urgente que hacer. Normalmente -por ejemplo, así fué este año- salgo a hacer las compras el 22 o 23 en la noche (viva el horario navideño!), o incluso el 24, a solo horas de la Navidad.

Sé que dejarlo todo a lo último es malo, pues te arriesgas a no conseguir lo que buscas, a sufrir con las colas, a llegar tarde a los compromisos, a pagar de más, pero créanme que a veces es un mal necesario. Termino prometiéndome a mí mismo que el próximo año comenzaré las compras en Abril. Y obviamente, nunca lo cumplo.

Sin embargo, a pesar de las colas y el alboroto, siempre me las arreglo para disfrutar la salida: gozo como un enano viendo las jugueterías, buceo las tetas operadas que pululan a mi alrededor, aprovecho de comer comida poco higiénica en la calle, gozo del frescor de la noche decembrina, e incluso le consigo lo bonito al hecho de que las colas normales de la ciudad dejan de existir (aunque se creen otras nuevas). En verdad lo disfruto mucho...

Pero muchas de las demás personas, de los demás colegas de compras extremas, no disfrutan para nada ese ritual.

Basta ver las caras de las personas que te rodean en la cola kilométrica para pagar o envolver los regalos, o hablar con alguien que se encuentre en el mismo trance que tú de comprar a última hora esos regalos, para darte cuenta de que, para ellos, esas compras son más una competencia, una carrera, que un momento de alegría...

Corríjanme si quieren, pero hasta donde me enseñaron, Navidad es un momento de alegría, de paz, de compartir, de tomarnos un respiro para ser mejores personas; es una fiesta religiosa en la cual celebramos el nacimiento del salvador, del creador, del mesías, o como quieran verlo; es una fecha en la que, para reflejar la alegría del momento, nos intercambiamos regalos con los seres queridos...

Pero, en lugar de eso, lo que tenemos hoy en día es una obligación, un "comprar porque si no se ve feo", o un "si me regalan y yo no, quedaré mal". Pocos se paran un momento a meditar en el por qué están comprando, y menos aún se dan cuenta de que agarrar una borrachera o dejar sordo al vecino con triquitraquis no es la mejor forma de celebrar el nacimiento de un niño tan importante como Jesús.

Navidad es mi fecha preferida, muy por encima de mi cumpleaños o del día de los enamorados, pero aún así reconozco que se ha desvirtuado mucho, y se ha vuelto la más comercial de las fechas.

Desde ahora, cuando estén corriendo para terminar las compras para esa lista de personas obligatorias a las cuales no les puede faltar el regalo, deténganse un momento y dejen que los rebaños de entes que pululan alrededor de ustedes los pasen de largo. Piensen y sientan a quién le quieren regalar realmente, y en lugar de buscar un regalo para salir del paso, paseen buscando ese regalo especial que les grite "Eh! Llévame!", y regálenlo con una sonrisa en el alma y en el corazón...

Gastarán menos, por supuesto, y disfrutarán muchísimo más, créame...


Hoy no hay frases. En lugar de ello, comparto con ustedes, para inmortalizarla, la receta del chocolate de mi abuela, que nos ha acompañado en todos los desayunos de Navidad y Año Nuevo desde que tengo memoria. No les doy medidas exactas, pues nunca las hemos conocido: no hacemos un litro de nada, sino que toda la vida hemos usado la misma ollita... Si quieren saber como cuánto hacemos, visítennos, o incluso pídannos que les vendamos una, a ver si así nos ganamos algo. Eso sí, el chocolate lo compran ustedes.

Monten la olla en la cocina, hagan 3/4 de olla de leche -si no saben preparar leche, no son dignos de preparar este chocolate-, y agreguen dos barras de chocolate de taza, o un poco más. Durante todo el proceso, revuelvan contínuamente sin sacar del fuego, y sin dejar de sonreir. Recuerden hablar con sus padres para que les ayuden en la cocina.

Agreguen canela al gusto -o sea que si no les gusta, no la agreguen-. Mientras sigue el proceso, en media tacita de agua disuelvan cucharadita y media de maicena, o de harina si no la consiguen, y cuélenla si es necesario. Cuando el chocolate se disuelva completamente, agreguen la maicena a la olla.

Sigan revolviendo hasta que hierva, y cuando el chocolate comience a subir, con ansias de escapar de la olla, retírenlo del fuego. Colóquenlo sobre el fuego de nuevo y retírenlo dos veces más, y proceso terminado. La receta tiene muchísimo tiempo de certificación, por lo que si les quedó mal, es culpa enteramente de ustedes.

Quizás en la casa me maten por compartir esto, pero creo que abuela estaría orgullosa de que en muchos sitios preparasen el "chocolate de la abuela de Gorka" cada Navidad... Tienen un año para practicarlo, y me ofrezco como juez para juzgar la calidad.

Feliz Navidad...

2 comentarios:

moni dijo...

Quiero chocolate de tu abuela, Gorka.

CHJ dijo...

Feliz navidad!!!!

Lo mejor para tí y tu familia; gracias por la receta. La haré y te cuento que tal me salió :)

Un abrazo.