miércoles, 24 de agosto de 2016

Cambié de juego...


Desperté pensando en el significado de "mi país"...

Hasta hace un año, esa pregunta era estúpida: cuál era mi país? Pues Venezuela, claro.

El país donde nací, donde fui feliz, donde conocí el amor, donde nació mi hijo, donde enterré a mi gente, y donde algún día alguien me enterraría a mí al morir.

No es que nunca haya sido muy patriota, pero es imposible no querer la tierra donde uno nació y vivió tantas cosas.  Es donde está tu alma, tu corazón, y tus anclas.  Donde creciste, donde aprendiste, donde te sabes mover.

Pero hace un año salí de mi país, y eso hace que la respuesta a la pregunta cambie, haciéndola más difícil.

Si hoy en día me preguntan cuál es mi país, les diré que es México.

Venezuela es y será siempre el país donde nací, y que me dió lo que pudo.  Pero también es el país del que salí corriendo, y donde día a día desespero al ver a los que quiero sufriendo.

México, en cambio, me recibió con los brazos abiertos.  Seguro que mañana me dará algunos golpes, pero por ahora al menos no tengo moral para la más mínima queja (bueno, alguna sí, pero no vienen al caso).

He conocido gente importante y que se me ha enganchado en el corazón.  He conocido y vivido.  Me va genial en casi todos los aspectos, y parece que las cosas solo mejorarán.

Además, es el país en el que mi hijo, si todo va bien, crecerá.  Conseguirá novia, se casará, y mis nietos serán mexicanos.  Pronto no es solo que no tendrá sentido que regrese a Venezuela, sino que además será que no podré hacerlo, por las anclas que tendré aquí.

Quizás más de uno que esté en mi situación llore por Venezuela y por regresar: no es mi caso.  Sí que es un poco trampa, porque mis padres, abuelos, ya no están ni allá ni en otro país.  Mis hermanos están o aquí conmigo, o en otros países distintos.  Y la familia que me queda allá, si bien los amo y adoro, son tíos y primos que veía esporádicamente.  Incluso mis amigos, hermanos no de sangre sino de vida, ya han salido de allá, o están en proceso.

Para los jugones que han compartido conmigo, les pongo un ejemplo de cómo me siento: hay un juego llamado Lineage 2 (L2) al que le dediqué años de mi vida, compartiéndolos con varios de mis mejores amigos en la vida real.  Vivimos momentos heróicos y recordables, y ese tiempo lo atesoro como parte importante de mi vida, que no hubiera querido que acabara.

Pero acabó, y ahora me encuentro dedicándole años de mi vida a otro juego, Guild Wars 2 (GW2).  Lo he compartido con varios de mis mejores amigos en la vida real (varios que incluso compartieron L2 conmigo), y si bien no hemos llegado a ser un grupo tan grande como en el otro juego, hemos hecho varias cosillas bastante épicas.  No lo creen? :)

El caso es que si me preguntan cuál es mi juego, hoy les diré que es GW2, a pesar de que recuerdo con adoración a L2.  No me arrepiento del tiempo dedicado al otro juego, y extraño muchísimo a los que compartieron esa época conmigo, pero ya hoy en día mi tiempo, mis esfuerzos, se dedican a crear nuevas historias en GW2.

Y ese es exactamente lo que pasa con mi país.  Adoro a Venezuela, y lamento no haber "podido" seguir allá, pero ahora mi tiempo, mis esfuerzos, se dedican a crear nuevas historias y una nueva vida en México.

Espero que no me odien por ser apátrida.  Quizás los que me lean me entiendan, y si ayudo a que se sientan aunque sea un poquito mejor, a que acepten su condición de inmigrantes un poquitico más, me sentiré dichoso.

Y... pues eso.  Nos vemos en México.  O en GW2.


Mi problema es que me encariño demasiado rápido, 
me acuerdo de quien hace tiempo que me ha olvidado, 
y espero demasiado de gente que da poco.

Elige un momento que quisieras vivir por primera vez, otra vez...